PUBLICIDAD

¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
18°
22 de Febrero,  Salta, Centro, Argentina
PUBLICIDAD

Enseñanzas que deja la única potencia petrolera convertida en Estado fallido

La catástrofe económica, política y social de Venezuela muestra las consecuencias de una ficción revolucionaria, creada por un líder autoritario que arrastró a lo que había sido modelo de democracia a convertirse en un país arrasado.
Domingo, 22 de febrero de 2026 01:49
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

A comienzos de la década de 1970, Venezuela era una anomalía virtuosa en América Latina. Democracia estable; instituciones previsibles; movilidad social; prensa libre y una economía que, aún con imperfecciones, ofrecía horizontes. No era un país perfecto -ninguno lo es-, pero funcionaba. Y, sobre todo, ofrecía la promesa de futuro. Hoy, ese país no existe más. Hoy queda un Estado colapsado, empobrecido y criminalizado. Un país donde la violencia reemplazó al contrato social; y donde la pobreza y el hambre se convirtió en algo estructural y funcional al sistema. Un país del cual millones de ciudadanos huyeron no por una guerra, sino por algo más perturbador: la destrucción deliberada y sistemática de las condiciones mínimas de vida.

¿Qué le pasó a Venezuela? ¿Cómo salieron tan mal las cosas? ¿Cómo pudo haber caído tanto?

El ascenso del chavismo

La tragedia venezolana suele explicarse con atajos: el socialismo; el petróleo; la caída de los precios internacionales; la desigualdad; las sanciones externas. Todas contienen fragmentos de verdad; ninguna explica el todo.

Para muchos, con Chávez, el país giró al socialismo y la caída posterior deriva de ese pecado original. Pero Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua y Uruguay también eligieron gobiernos socialistas en los últimos 20 años y, aunque cada uno ha atravesado dificultades ninguno -salvo Nicaragua-, ha implosionado. Por el contrario, algunos incluso han prosperado.

Si no se puede culpar al socialismo, quizá el culpable es entonces su dependencia con la renta derivada del petróleo. Pero esta explicación también es insuficiente. Todos los Estados petroleros del mundo sufrieron un shock de ingresos en 2014 como resultado del desplome de precios. Sólo Venezuela no pudo resistir la presión.

En verdad, las causas del fracaso venezolano son más terribles. Décadas de declive económico gradual abrieron el camino para que Chávez, un demagogo carismático aferrado a una ideología absurda tomara el poder y estableciera una autocracia corrupta modelada según la dictadura cubana; y subordinada a ella. Aunque la crisis comenzó antes del ascenso de Chávez al poder, su legado y la influencia de Cuba deben ocupar un lugar central en cualquier intento de explicación.

Chávez lideró un intento de golpe de Estado fallido en 1992. Desde la prisión se convirtió en un héroe popular que supo leer la frustración venezolana tras una década de estancamiento económico. Indultado, lanzó su candidatura presidencial en 1998 y ganó por amplia mayoría; dinamitando el sistema bipartidista que había sostenido la democracia venezolana durante 40 años.

Pero Hugo Chávez no llegó al poder desde la nada. Lo hizo desde la enorme decepción acumulada. El crecimiento económico que Venezuela había experimentado durante cinco décadas hasta la década de 1970 se había agotado y el camino hacia la clase media se había cerrado.

Chávez fue brillante al capitalizar este descontento. Sus elocuentes denuncias sobre la desigualdad, la exclusión, la pobreza y la corrupción de la élite política resonaron entre los votantes que sentían nostalgia por la forma de vida anterior; más próspera. Así, los venezolanos apostaron por Chávez. Lo que obtuvieron no fue sólo un outsider decidido a trastocar el statu quo, sino también un ícono de la izquierda latinoamericana que pronto tuvo seguidores en todo el mundo.

Chávez tenía, además, una profunda inclinación por la centralización y una intolerancia absoluta hacia la disidencia. Neutralizó no sólo a los políticos opositores, sino también a los aliados políticos que se atrevieran a cuestionarlo. Encaró un programa de expropiaciones que entregó, sector por sector, a designados políticos sin conocimiento técnico. Nacionalizó los servicios públicos y las telecomunicaciones. Se apropió de empresas siderúrgicas; empresas mineras; hoteles y aerolíneas. Sustituyó capacidades por lealtades, conocimiento por consigna, gestión por improvisación. Las expropiaciones no fracasaron sólo por razones técnicas sino por algo más profundo: la idea de que la voluntad política puede gobernar la realidad. Que producir es una cuestión ideológica. Y que el lucro es una forma de traición.

Impuso un régimen de control cambiario surrealista que se transformó en un pozo de corrupción sistémica cuando la diferencia entre el cambio oficial y el del mercado paralelo llegó a 300 a 1; generando fortunas descabelladas de la noche a la mañana y creando una élite extraordinariamente rica de cleptócratas conectados al gobierno. Y, aunque el desenlace era previsible, cuanto más fuerte sonaban las alarmas de expertos locales e internacionales, más se aferraba el gobierno a su agenda. Para Chávez las advertencias eran una señal de que la revolución iba por el camino correcto.

El traspaso de la antorcha

En 2011, a Chávez se le diagnosticó cáncer. Buscó cura en Cuba, el país en el que confiaba y que mantendría el secreto. Mientras su enfermedad avanzaba, profundizó la dependencia con La Habana.

En palabras del propio Chávez, fue "una fusión de dos revoluciones". El 8 de diciembre de 2012, un Chávez enfermo hizo su última aparición televisiva pidiendo a los venezolanos que convirtieran a Nicolás Maduro -entonces vicepresidente-, en su sucesor. Maduro había dedicado su vida a la causa del comunismo cubano y la relación entre Cuba y Venezuela se convirtió en algo más que una alianza. La influencia cubana era tan fuerte que se asemejaba más a una ocupación que a un tutelaje. Además, Maduro recurrió a Rusia para armas, ciberseguridad y experiencia en producción petrolera; a China para financiamiento e infraestructura; a Bielorrusia para la construcción de viviendas; y a Irán para la producción de automóviles.

Cuando terminó el auge de los precios del petróleo en 2014, Venezuela perdió no solo los ingresos petroleros de los que dependían la popularidad y la influencia internacional de Chávez, sino también el acceso a los mercados financieros internacionales. La carga de la deuda se hizo impagable y, convencido de que no habría consecuencias por cubrir los déficits presupuestarios con emisión monetaria, desató una hiperinflación devastadora.

La corrupción desenfrenada, el desmantelamiento de los controles y equilibrios democráticos, y la más absoluta incompetencia mantuvieron a Venezuela atrapada en esta serie de políticas económicas autodestructivas catastróficas.

Hacia el final, la actividad criminal se realizaba no en desafío al Estado ni en connivencia con él; sino a través de él. Una pequeña élite depredadora conectada a la cúpula gubernamental saqueó los activos nacionales a un grado sin precedentes. Las oficinas del Tesoro, el banco central y la empresa petrolera nacional se habían convertido en laboratorios donde se incubaban complejos delitos financieros. Y el cuadrante sudeste del país se había convertido en un campamento de minería ilegal bajo protección militar. El Estado se terminó de convertir en una organización criminal dedicada a saquearlo.

El cambio hacia adelante

Hoy, a casi dos meses de la captura y "extracción" de Maduro el régimen se muestra atrincherado y un mero cambio de rostros parece más probable que un cambio de sistema. Peor, se imagina como poco factible que el complejo entramado chavista colapse.

Es que cualquier régimen sucesorio tendría que reducir el papel del ejército en todas las áreas del sector público. Tendría que empezar desde cero en la restauración de servicios básicos de salud, educación, justicia, seguridad y aplicación de la ley. Tendría que reconstruir la industria petrolera y estimular el crecimiento en otros sectores económicos. Necesitaría librarse de los narcotraficantes; de los torturadores carcelarios; de los mineros depredadores; de los financistas espurios y de los extorsionadores que viven del Estado. Tendría que sentar las bases para la recuperación de las instituciones cívicas y retomar la fe en la democracia. Y, tendría que hacer todo esto en el contexto de un entorno político tóxico y en el marco de una profunda restricción económica. Dada la magnitud de estos cambios, es probable que Venezuela permanezca inestable durante un tiempo bastante largo. Aún con Estados Unidos "administrando" su economía y sus decisiones.

Venezuela tiene a favor que, a pesar de toda la miseria que ha experimentado, el pueblo venezolano nunca ha dejado de luchar contra su mal gobierno. Incluso a pesar del miedo. Pero la desesperanza lleva a muchos a fantasear con que la intervención militar liderada por Trump sea el ansiado "deus ex machina" a tanto sufrimiento. Pero esto es una fantasía. Ninguna recuperación de Venezuela será sencilla. Tampoco rápida. Traer a un Estado de vuelta desde el borde del colapso nunca lo es.

Debemos aprender estas lecciones. Porque el colapso de un Estado ocurre cuando el poder deja de aceptar límites y comienza a destruir todo aquello que declama defender. Cuando el poder deja de reconocerse transitorio y prestado y pasa a imaginarse eterno y absoluto. Cuando quienes gobiernan dejan de ver a bienestar común como una condición para sostenerse; y cuando la ruina y la ruindad dejan de ser un problema para pasar a ser una condición para sostenerse. Cuando gobernar es sólo el arte de cómo dominar al otro -a todos los otros- sin importar los costos. Ni las consecuencias. Y todo esto puede suceder bajo el imperio de la izquierda más recalcitrante tanto como de la derecha más conservadora.

 

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD