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Sobreactuando en conflictos ajenos

Jueves, 18 de abril de 2024 02:05

El conflicto en Medio Oriente necesita de calma, de mucho estudio, pero sobre todas las cosas necesita de una política pragmática basada en valores. Por muchísimas décadas, la Argentina tuvo una política exterior que fijaba en sus valores centrales la oposición al conflicto armado, la oposición a cualquier llamamiento de armas, y una postura firme sobre que la paz no se negocia y que la Carta de Naciones Unidas es siempre la hoja de ruta a seguir.

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El conflicto en Medio Oriente necesita de calma, de mucho estudio, pero sobre todas las cosas necesita de una política pragmática basada en valores. Por muchísimas décadas, la Argentina tuvo una política exterior que fijaba en sus valores centrales la oposición al conflicto armado, la oposición a cualquier llamamiento de armas, y una postura firme sobre que la paz no se negocia y que la Carta de Naciones Unidas es siempre la hoja de ruta a seguir.

La Argentina, por muchas décadas, propuso y sostuvo dentro de Naciones Unidas y en otros ámbitos una relación más pragmática con el mundo. En donde la ideología cumple un segundo rol y el derecho internacional y los valores del orden internacional son los que rigen las conductas del país. Por momentos, la Argentina tuvo desencuentros con la arquitectura internacional, por otros momentos también fue su baluarte y el país que más ejemplos dio con su lucha por la verdad y los derechos humanos, y por su constante esfuerzo hacia las instituciones de justicia internacional, como fue la creación de la Corte Penal Internacional en 1998.

Nuestro conflicto con Irán

La Argentina claramente tiene un problema jurídico, diplomático, geoestratégico, hasta emocional con Irán. Los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel son de por sí crímenes que necesitan que sus culpables tomen asiento en el banquillo de la Justicia y así transitar hacia una conclusión de un periodo muy oscuro de violencia. De la década de los 90 hacia adelante, Irán cumple un papel geoestratégico en la región de Oriente Medio, pero también en el resto del mundo, de una forma que encarece el derecho internacional y hace de la violencia una de sus formas más fáciles para responder a lo que podría ser un tratado de paz común en una región que hace mucho tiempo ve a la guerra como cosa diaria.

Irán atacó a Israel de manera ilegal, criminal y dramática el pasado fin de semana. Israel, la semana anterior, ataco la embajada de Irán en Siria. Y así podríamos hacer una línea de tiempo de múltiples incidentes entre estos dos países. Las razones del enfrentamiento no caben en esta columna de opinión. Si, claro, es el foco de estudio de departamentos académicos enteros por todo el mundo. Es suficiente decir que el conflicto es tan complejo de resolver que hace que debamos tener un balance muy cuidadoso antes de entrometernos en una dinámica política tan difícil. En este caso, la Argentina, por su relación con Irán, por su relación con el mundo y por lo que entiende que son sus valores cotidianos de su política exterior tiene un rol que cumplir, un rol clave donde lo puede hacer con alianzas con Brasil, con México, con otros actores que entienden el sistema internacional desde una dinámica y una mirada, sobre todo desde Latinoamérica. Ese espacio tradicional y lógico hubiera sido la mejor respuesta a la nueva ronda de violencia del fin de semana pasado. Pero, de ahí a tener que cancelar un viaje oficial de la Presidencia o tener que crear un comité de crisis sobre un evento geoestratégico que no incluye la Argentina y en una situación tan difícil y conflictiva y tan ajena al país, creo que lo que hace es enmarcar la sobreactuación de un gobierno que necesita, como decíamos en otra columna, el conflicto o la distracción y el entretenimiento como forma de alejar a la población de la agenda real, que es la misma que ir al supermercado.

Banalización distractiva

La agenda sobre ideologizada de un gobierno que utiliza un conflicto muy complejo y difícil de explicar en la dinámica política actual de la Argentina es otra forma y otra estrategia de poner en la agenda y en la escena pública algo que no tenga correlato con la vida diaria y con los problemas urgentes que tiene el país. Distraer a partir de una vestimenta llamativa o una foto sugestiva o la invitación a algún embajador a una reunión de gabinete. En realidad, lo que hace es hablar menos de los temas que realmente son de crisis. Supongamos que una situación como la de Oriente Medio fuese un pilar de la política exterior Argentina. Eso significaría que la Argentina tomaría otras medidas que serían más contundentes y mucho más específicas que una reunión de fin de semana. No amerita una cancelación de un viaje oficial a Dinamarca justamente a recibir equipamiento para las Fuerzas Armadas, que podríamos suponer, cumpliría un rol estratégico. Por lo cual la distracción nos lleva a pensar que la puesta en escena en la sobreactuación del Presidente y su gobierno tienen más que ver con una agenda de distracción y con una forma de ver la política a través de las redes sociales, la cantidad de Tweets, de likes y menos sobre la ejecución real del presupuesto en, por ejemplo, las universidades nacionales, que justamente son las que forman y educan a los cuadros técnicos que, si una vez Argentina quisiese tener un rol tan particular en el Oriente Medio, serían más necesarios que cualquiera de los aviones comprados a Dinamarca.

La sobreactuación en la política exterior se paga cara. Lo que deja en evidencia es la incapacidad de un país de tomarse seriamente la discusión de seguridad internacional. La Argentina podría tomar cartas en el asunto dentro de Naciones Unidas, dentro de un foro regional o dentro de una relación bilateral, en lugar de montar un show con un comité de crisis, que seguramente obtendrá la misma información que le puede brindar la BBC en la televisión. Todo esto solo logra herir la reputación de la Argentina.

Y es herir también la capacidad del país para ser un actor relevante y serio aún con un conflicto no tan relevante para el país.

Un show

Claramente la Argentina tiene un problema con Irán en su incapacidad de presentarse ante la justicia por los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel. Esto, obviamente, no desplaza a al país de un contexto en el cual Irán es un actor principal, pero de ahí a pretender que la Argentina tiene un rol realmente estratégico en un conflicto bélico tan lejano a nuestra realidad, es simplemente un show.

Esta situación deja también en claro lo que significa una crisis para este gobierno. Si la violencia inminente, destructiva y dirigida a un país como Israel es motivo para crear un comité de crisis, cancelar un viaje presidencial y montar toda una letanía en los medios de comunicación, la pregunta es por qué no ocurre lo mismo con crisis mucho más reales, cercanas e igual de violentas.

Por ejemplo, ¿dónde está el comité de crisis para bajar la inflación, la pobreza infantil, para subir los salarios, para tener un plan productivo a largo plazo, para atender las demandas de los jubilados y jubiladas? ¿Dónde está el comité de la única crisis que realmente causa y causara destrucción a escalas mundiales como lo es la crisis climática? Si este gobierno pone como eje principal lo externo para reaccionar de manera interna, lo mínimo que también se le puede pedir es que esa reacción tan rápida, tan voluptuosa e importante sea puesto en los problemas que realmente afectan, no a Teherán ni tampoco a Jerusalén, pero sí a Salta, a Cachi, a Mendoza y a Tierra del Fuego.

Tradición política

Banalizar un momento tan delicado como el ataque de Irán a Israel es faltar el respeto a la tradición de la política exterior de la Argentina y al nivel de desesperación doméstico ante la peor crisis económica y social desde el 2001. Cuidado, porque cuando el entretenimiento no sea suficiente para responder a las demandas públicas, el gobierno estará expuesto totalmente a una gran irrelevancia y debilidad.

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