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En Argentina, más de 5 millones de jóvenes están fuera del sistema educativo o con trayectorias escolares discontinuas. En el nivel secundario, uno de cada dos estudiantes no logra terminar en tiempo y forma. En zonas rurales o barrios vulnerables, esta cifra puede ser aún más alarmante.
Una silla vacía en el aula es mucho más que una ausencia. Es la señal de alerta de un sistema educativo que no logra abrazar a todos. Es una historia interrumpida, una promesa que se desvanece en el aire.
Es, en muchos casos, el principio de una exclusión estructural que se perpetúa durante generaciones. El abandono escolar no es un acto repentino ni una decisión aislada: es el resultado de un proceso largo, acumulativo y doloroso.
El abandono escolar se ha convertido en uno de los principales desafíos educativos, sociales y políticos. Pero para enfrentarlo, primero hay que entenderlo.
Cuando hablamos de abandono escolar, es frecuente imaginar a un adolescente que un día decide no volver al aula. Pero esa escena, dramática en su aparente simplicidad, es la última página de un libro que se ha ido escribiendo con múltiples factores: pobreza, violencia, desarraigo, discriminación, falta de acompañamiento pedagógico, deterioro del vínculo entre escuela y familia, e incluso, la pérdida de sentido de lo escolar.
El CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), en un artículo reciente, sostiene que el abandono escolar es consecuencia de un proceso de exclusión que puede ser latente, potencial o silencioso. Estas formas de exclusión no siempre son detectables a tiempo, y por ello, requieren de una mirada sistémica y sensible.
La exclusión latente es la que habita en quienes aún asisten a la escuela, pero ya no participan ni aprenden. Su permanencia es apenas física. Están allí, pero se han desconectado emocional e intelectualmente. La exclusión potencial afecta a quienes, por su contexto social y económico, están en riesgo de dejar la escuela en cualquier momento.
Y la exclusión silenciosa es la que afecta, de manera casi imperceptible, a aquellos que no encuentran en la escuela un sentido, una pertenencia, un lugar donde ser.
En Salta esta realidad golpea con dureza. Las distancias geográficas, la diversidad cultural, la desigualdad estructural, y la falta de políticas educativas contextualizadas, han configurado un escenario complejo.
En comunidades originarias, por ejemplo, el abandono escolar se combina con la exclusión lingüística y la falta de respeto por las culturas locales. En los barrios populares de las ciudades, el trabajo infantil, la inseguridad y la pobreza extrema alejan a niños y jóvenes de la posibilidad de continuar sus estudios.
Muchos adolescentes deben trabajar para ayudar a sus familias, relegando la escuela; o soportan problemas como la violencia doméstica, la inseguridad barrial, la drogadicción o el embarazo adolescente.
La falta de una enseñanza significativa, la escasa personalización de los aprendizajes y el desapego afectivo entre docentes y alumnos erosionan la motivación. La baja autoestima, la sensación de fracaso, la desilusión y la falta de confianza en sus propias capacidades alejan a muchos chicos del sistema.
La escuela debería ser un lugar de encuentro, de cuidado, de horizontes. Sin embargo, muchas veces es vivida como un espacio de exigencias desconectadas de la vida real.
Una escuela centrada solo en contenidos, que evalúa para excluir, que no acompaña ni escucha, se convierte en una institución que expulsa, aunque no lo diga.
Los docentes y el Estado
El docente, en este contexto, es mediador, acompañante, faro, sostén. Pero muchas veces lo hace sin recursos, sin formación adecuada para la diversidad, y sin el respaldo institucional necesario. Necesitamos más que nunca políticas públicas que fortalezcan la figura docente, que reconozcan su rol transformador, y que le brinden herramientas para contener, motivar y acompañar.
Frente al abandono escolar, se necesita una estrategia nacional, sostenida y federal, que articule educación, salud, desarrollo social y trabajo. Algunas líneas de acción deberían ser la creación de sistemas de alerta temprana para detectar señales de riesgo como inasistencias, bajo rendimiento o problemas emocionales; tutorías personalizadas para acompañar a los estudiantes con trayectorias débiles mediante referentes adultos que los motiven y orienten; escuelas de jornada extendida que ofrezcan talleres, contención y alimentación adecuada; becas educativas y ayudas sociales para estudiantes de bajos recursos; propuestas pedagógicas flexibles que incluyan modalidades semipresenciales, educación contextualizada y metodologías activas; inclusión cultural y lingüística en zonas con comunidades indígenas; y una fuerte apuesta a la educación emocional y en ciudadanía.
Aprender a escuchar
Las soluciones no surgen de los escritorios sino de las voces de quienes viven el problema. Escuchar a los estudiantes, a sus familias, a los docentes, es el primer paso para diseñar políticas pertinentes.
No se trata solo de cantidad de clases, sino de calidad del vínculo. No basta con medir la matrícula: hay que mirar lo que ocurre dentro del aula.
Los jóvenes que abandonan no son desertores. Son expulsados por un sistema que no supo abrazarlos. Muchos quieren volver, pero no saben cómo. La escuela debe ser puente, no muralla.
En un país como el nuestro, donde la educación ha sido históricamente una herramienta de ascenso social, no podemos naturalizar el abandono. Porque detrás de cada historia de abandono, hay un nombre, un rostro, un sueño. Y porque el aula que calla nos interpela a todos.