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El tacto perdido

Domingo, 18 de enero de 2026 00:57
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(De cómo Amazon y Shein nos enseñaron a despreciar las cosas)

"La mano que modela la arcilla no obedece ciegamente a un proyecto formulado: tantea, corrige. Su gesto es una interrogación dirigida a la materia, y la materia responde."

— Henri Focillon

Estoy por error en el garaje de una casa de country. Buscaba el baño y terminé acá. La casa también tiene lugar para dos autos afuera, así que esto ya se ha transformado en otra cosa.No está sucio ni abandonado. Es un templo a las cosas. Una bicicleta fija con poco uso. Una caminadora cubierta de cajas; de una rebalsan vestidos floreados, de otra se adivina ropa deportiva, parece nueva. Juguetes en desuso, algunos aún en sus cajas originales. Herramientas nunca usadas. Mucha "cosa innovadora", mucho plástico, mucho packaging. Cosas y más cosas. No rotas, abandonadas. El archivo del fracaso del consumo… ¿o de su éxito más rotundo?

Un cementerio físico de decisiones digitales.

Vuelvo hacia la cena que me trajo aquí, se escuchan las risas desde el comedor, yo voy mirando. La casa tiene pocas cosas, es minimalista. Es hermosa. Pero, al prestar atención, todo parece comprado ayer. Nada tiene las marcas del tiempo.

¿Será por eso que esta casa me resulta tan poco hogar?¿dónde esta está lo vivido?

Desde que los diseñadores de lamparitas se propusieron acortar deliberadamente la vida útil del filamento (con muchísimo éxito) vivimos en la sociedad de consumo. Luego Apple impuso dispositivos sellados, imposibles de reparar, haciéndolos descartables. Mas adelante retiró el pin del cable para obligar al mundo a tirar millones de auriculares perfectamente funcionales. (y obvio, comprar sus AirPods de corta vida útil)

Pero hoy estamos en otra fase: la hiperaceleración del consumo.

Los gigantes de la industria aprendieron el modelo test and repeat: producir microlotes, observar qué se viraliza y re-producirlo a gran velocidad. Transformaron sus plataformas de hiperconsumo en máquinas de adrenalina, donde siempre estás a punto de perderte una promoción, un regalo, una oportunidad única.

¡Urgencia!

Ruedas de la fortuna. Descuentosrelámpago. Temporizadores que corren. No pueden perderse tu clic. Y deben provocar la sensación de que siempre te queda algo pendiente por comprar: el carrito, el historial, las recomendaciones, la lista de deseos.

Con el inicio del comercio electrónico la crisis no fue solo la ecológica (modelo insostenible, como señaló hasta el papa Francisco en Laudato si') ni la económica (maximización de las ganacias a partir de exteriorizar los costos a países de mucha pobreza y nula protección laboral) Hay una crisis en nuestra relación ontológica con las cosas.

Desde Amazon a Temu hemos anulado el juicio corporal.

Las manos —esos órganos de la inteligencia— indagan el mundo y los materiales responden: cuentan su textura, su peso, su resistencia, su temperatura. La mano piensa con el cerebro cuando toca, como el cuerpo piensa cuando se prueba una prenda.

Hemos reducido la mano, órgano también de la creación, a una yema de dedo que se desliza por mil imágenes lisas.

La sustitución del pensamiento corporal por el pensamiento visual-plano no solo acelera la cultura del descarte: nos desconecta de las cosas, del entorno y de nuestro propio cuerpo.

Durante milenios los objetos nos acompañaron. Convivimos con la suavidad de la lana o la fragilidad de una olla de barro en un diálogo táctil que nos arraiga al mundo.

El objeto durable, usado, cuidado, vivido, porta las marcas de mi historia con él. Por eso lo valoro.

Hoy las cosas son apenas una consecuencia secundaria de la búsqueda de dopamina digital instantánea. Compramos cuando estamos cansados o angustiados para sentir esa fugaz recompensa del "¡ya casi es tuyo!". Inmediatamente pasamos a otra cosa, probablemente un video de tik tok, buscando idéntico objetivo.

Antes, la consecución de un objeto implicaba tiempo, no un instante.

Ni hablemos del artesanal. Pero si eran unos zapatos lo que necesitaba, el tiempo de vestirse para salir, buscar el dinero, elegir la tienda, hablar con el vendedor, probartelos, conocer sus durezas, caminar, decidir.

Todo ese gasto de energía humana cargaba de valor a la cosa.

Con Temu, el valor está en el acto de compra —un clic— y no en el objeto. Placer efímero. Bajón. ¡Necesito más!

Hay un segundo momento de placer de ése clik, muchas veces seguido de decepción: la entrega y el unboxing. El cuerpo confirma lo que ya sospechábamos: la calidad no era como en la foto, es liviano, plasticoso, no calza bien. En el mejor de los casos lo usamos algunos días, buscamos excusas y después…al garaje!.

El unboxing es tan adictivo que acumula más visualizaciones entre niños y adolescentes que cualquier contenido con argumento, incluso en videos de más de dos horas. Los influencers desechan los objetos apenas abiertos, a la vista de todos.

El descarte masivo como signo de poder.

Cuidar, reparar, respetar lo físico se ha vuelto un antivalor.

Es cierto: la industria empuja. Pero nosotros aceptamos.

Exhibo con orgullo en mi casa incontables objetos reparados, casi como un acto de resistencia. Placas de focos LED recompuestos iluminan el fondo de un placard. Mochilas de buena calidad con mucho, uso re-cosidas. Zapatillas caminadas y reparadas. Cada máquina averiada tiene tantas reparaciones como mis conocimientos y manos me permitieron. Por eso las valoro más. Por eso no compro trucho.

Y cuando no queda otra opción que descartarlas, me duele.

Es que hoy los objetos no están diseñados para ser amados: solo para ser fotografiados, despertar deseo inmediato y ser rápidamente reemplazados. Su vida ultracorta tiene sentencia final en los basureros del sur global: montañas de ropa en el desierto de Atacama, costas enteras hechas de residuos digitales en Taiwán…

Y en la misma pantalla plana, desprovista de tacto, elegimos también la comida de esta noche o una pareja para llevar. Ignoramos la química del hambre en la panza y la del encuentro con otro en todo el cuerpo al decidir.

Tal vez esta dictadura de la imagen, produzca también el deseo urgente de descartar a la pareja tras el unboxing… o de esconderla para siempre en el garaje.

Los ludópatas saben que lo que los mantiene atrapados no es el deseo de ganar, sino el bajón posterior a la pérdida, que obliga a volver. Esa desilusión tras la entrega no es un efecto colateral: es parte de la arquitectura de la rueda.

La dopamina de la búsqueda nunca se corresponde con la serotonina de la consecución.

¿Vieron esos videos de niños rompiendo juguetes, presas de ira, porque no eran lo que esperaban? (link aquí) Me interpela mucho qué estamos criando… Y me interpela, también, que esos padres no sientan vergüenza de difundirlos por algunos clics más.

Antes de volver a la mesa veo a mis hijos en la "pieza de juegos". El niño dueño de casa juega solo a la Play. Uno de mis chicos está hipnotizado por la pantalla; los otros revisan los juguetes con ojos y manos. Se pelean. "No toques". "¿Quién te dio permiso?". Se empujan.

Tienen cuerpo.

Un cuerpo que solo existirá para los otros si se interpone entre la pantalla y sus retinas.

Como padre y médico, me hago las preguntas que me atañen ¿Cómo cuidarlos de su desconexión con lo físico en este mundo de pantallas?

¿Cómo enseñarles a agradecer? ¿A cuidar las cosas? A disfrutar más de usarlas que de adquirirlas?

No sé si podré protegerlos del todo, pero sí puedo ofrecerles mis manos, como mis padres me las ofrecieron. Manos que tocan, que reparan, que cuidan. Manos que entienden que las cosas están hechas de materia, como ellas, no desaparecerán cuando las suelte.

Tal vez cuidar los objetos sea una de las primeras formas de aprender que el planeta tampoco es descartable. Que no hay un "afuera" adonde podamos arrojarlo. Que no se puede desinstalar un objeto ya adquirido.

Y que aprender a cuidar lo físico es, quizás, una de las pocas pedagogías posibles para no tratar como descartables también a los otros.

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