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La injuria racial y nuestra facilidad para discriminar

El enjuiciamiento de la abogada argentina Agostina Páez por gestos racistas en Río de Janeiro muestra, al mismo tiempo, la severidad de la ley de Brasil frente a la discriminación y la liviandad con que se toma ese tipo de agravios en la Argentina.
Miércoles, 18 de febrero de 2026 01:37
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El 14 de enero de este año, en Ipanema, Río de Janeiro (Brasil) una turista argentina hizo gestos racistas dirigidos a personal de un bar tras una discusión de elevado tono, por lo cual fue detenida y puesta a disposición de un juez; acusada de injuria racial.

Los gestos racistas simulando un mono y dirigido a una persona, son degradantes y tienen un mensaje claro: no te mereces respeto, ni consideración, no somos iguales, soy superior a vos.

Los gestos racistas se sostienen en la consideración de que, por la raza, religión, condición social, nacionalidad, entre otras, el otro es inferior al que profiere el destrato y para justificarse lo deshumaniza, es decir, lo animaliza tratándolo en consecuencia.

Este episodio, de haber sucedido en Argentina, transitaría como una anécdota más y se formarían bandos contrapuestos que polemizarían en las redes sociales, en los informativos del verano y quizá en alguna crónica de la prensa, pero se olvidaría pronto y sin ninguna consecuencia para quien hiciera el insulto racista.

Brasil y Argentina

La primera pregunta que surge es: ¿Por qué es tan grave en Brasil y leve en Argentina?

Retrotraernos en la historia reciente, nos dará el contexto para responder. Recordamos, que la abolición de la esclavitud en Brasil fue en 1888, pero sin integración social, ni económica siguió prevaleciendo la desigualdad entre los exesclavos y sus descendientes, y los latifundistas blancos.

A esta medida se la llama la abolición inconclusa, porque, a lo largo de ciento treinta y ocho años aún está en transición el proceso de igualación y reconocimiento entre blancos, negros, caboclos (*), mestizos y aborígenes.

Actualmente, en esta transición, la población afrodescendiente es el 53% del total, donde la mayoría no es propietaria de tierras, ganan menos que los blancos y la expectativa de vida es menor, entre otras variables que indican a vigencia de marginalidad y segregación.

Ante esta situación, los brasileños abordan el problema con políticas de respeto y consideración entre etnias diferentes; una de estas políticas de integración es penalizar severamente los dichos y gestos discriminatorios.

Entonces, con el pasado reciente y el contexto actual, la sociedad brasileña auspicia una ley que penaliza el racismo como un delito grave y que no es excarcelable por fianza, ya que consideran que es una de las medidas estratégicas para consolidar acuerdos sociales y, avanzar en una política de igualación y no discriminación.

En Argentina, subsiste en el imaginario colectivo la idea de que "somos un crisol de razas" y que la colonización e inmigración que produjo el proceso colonizador e inmigratorio resultó en el reconocimiento de las diferentes etnias que constituyen nuestra población.

Sin embargo, la realidad fue otra, los descendientes españoles e italianos, haciendo valer su mayoría, sostuvieron soterradamente diferencias entre ellos y con inmigrantes de otros países europeos, acentuando su discriminación hacia los pueblos originarios.

La discriminación disimulada, que ocultaba un destrato hacia las minorías y a los "diferentes", impulsó la propuesta de la "Ley antidiscriminatoria Argentina" sancionada en agosto de 1988.

La ley dice que los actos discriminatorios por raza, religión, nacionalidad, ideología, opinión política o gremial, sexo, posición económica, condición social o caracteres físicos; son reprimidos con prisión desde un mes a tres años.

Además, obliga a exhibir en lugares públicos, un cartel que se vea en forma clara y visible con el siguiente texto: "Frente a cualquier acto discriminatorio, usted puede concurrir a la autoridad policial y/o juzgado civil de turno, quienes tienen la obligación de tomar la denuncia".

El cartel debe tener una dimensión mínima de 30 cm de ancho, por 40 cm de alto y ser exhibido en locales bailables, salas de espectáculos, bares, restaurantes, clubes u otros lugares de acceso público. No cumplir con lo dispuesto será pasible de una multa.

También, en Argentina tiene fuerza de Ley: La Declaración universal de Derechos Humanos (1948), la Convención sobre discriminación en el empleo y la ocupación (1958), la Convención internacional de todas formas de discriminación racial (1965), el Pacto Internacional de Derecho Civil y Político (1966), y la Convención sobre Derechos de las personas con Discapacidad (2006).

El control social

Luego, tanto en Brasil como en Argentina se penaliza la discriminación. Nadie debe ser deshumanizado asimilando su fisonomía a la de un animal -un mono en el caso que describimos- con el fin de afectar su participación y rol social.

En este sentido, el control estatal y social en Brasil y en Argentina es diferente. Por ejemplo, en una ciudad cosmopolita como Río de Janeiro, la sociedad ejerce un celoso control sobre el cumplimiento de esta ley y actúa cuestionando y denunciando el odio racial. Las autoridades responden deteniendo a quienes la infringen y poniendo a disposición del juez de turno. Mientras que en Argentina es común y cotidiano festejar como una broma un acto de segregación.

De hecho, es frecuente en los estadios de fútbol, bares, en reuniones familiares, entre amigos o en el trabajo; todos estos, lugares donde se suelen escuchar frases discriminatorias.

El control social en Argentina no existe, sino que hay anuencia para discriminar.

Anuencia para burlarse de personas por su color de piel, su nacionalidad o sus capacidades diferentes, disimulados en chistes o cuentos que las ridiculizan; siendo motivo de risas, con el agravante de que está mal visto que alguno de los presentes cuestione este proceder.

En consecuencia, podemos afirmar que en ambos países tenemos problemas de integración social, pero que Brasil lo visibiliza al convertirlo en una cuestión de Estado, con el fin de neutralizar la discriminación social y la polarización política.

Argentina, en cambio, disimula el problema, asumiendo que aquí no tenemos nada que decir sobre las discriminaciones, aunque a cada paso escuchamos y vemos comportamientos agresivos de discriminación y burlas. Frecuentemente, detrás de un comentario racista puede venir el silencio cómplice; o a continuación de una broma sobre defectos físicos, una risa generalizada.

Lo llamativo es que a frases como: "es blanco, pero con alma de negro", "sos un opa", "cara de bolita", entre otras, se ensayan justificaciones como: "es una costumbre", "es una broma" o "lo digo en otro sentido". Nos auto convencemos de que el lenguaje deshumanizado y violento está bien y no tiene consecuencias sociales.

Sin embargo, tanto en Brasil como en Argentina, las consecuencias las vivimos todos los días; es decir, todos los días de nuestras vidas somos espectadores de las reacciones de quienes son ofendidos y las respuestas de quienes se creen tener una superioridad de origen y discriminan.

Por eso, no nos deben sorprender los comentarios de esta turista detenida en Brasil y, mucho menos, de los argentinos que opinan que en ese país "siempre nos persiguieron", "son injustos" o "nos odian por el fútbol"; justificaciones que nos impiden vernos cómo somos: una sociedad que no acepta ser tolerante y fraternal con el diferente.

(*) "Caboclos" o "jacamaúbas" son términos sinónimos con los que la corona portuguesa denominaba a la población integrada por descendientes de europeos, aborígenes, africanos y mestizos; un grupo social de gran protagonismo, especialmente, en el poblamiento de la Amazonia.

 

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