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"Industria nacional" no es mala palabra

Sin industria, no hay desarrollo sostenido. Sin producción nacional, no hay empleo de calidad. Y sin empleo, cualquier proyecto político - sea cual fuere su signo - pierde sustento social.
Sabado, 07 de marzo de 2026 01:11

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El pasado 24 de diciembre de 2025, El Tribuno publicó una columna de mi autoría titulada "La recesión industrial afecta a toda la economía". Allí se advertía, con claridad conceptual y datos contundentes, que la caída del entramado productivo no es un fenómeno sectorial sino sistémico: cuando se frena la industria, se resiente el comercio, se debilita el empleo formal, cae la recaudación y se deteriora el tejido social. No es una consigna ideológica; es una descripción estructural del funcionamiento económico.

En ese contexto, cobran particular relevancia las recientes declaraciones de la vicepresidenta Victoria Villarruel, quien sostuvo: "Sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno. Sin industria, se pasa a depender hasta en lo más mínimo de China, un país comunista. Para Trump primero está Estados Unidos, para mí, primero está la Argentina". Además, advirtió que "la apertura total y libre de las importaciones solo favorece la dependencia de China y profundiza las emergencias económicas y sociales", y planteó el dilema en términos de "nacionalismo o globalismo".

Más allá de las simpatías o diferencias políticas que puedan existir, el núcleo del planteo merece un análisis serio. Porque cuando se habla de "industria nacional" no se invoca un eslogan romántico del siglo XX, sino un concepto estratégico: la capacidad de un país de transformar recursos en bienes con valor agregado, generar empleo calificado, sostener cadenas productivas y asegurar autonomía relativa en sectores críticos.

Industria

Toda economía desarrollada mantiene una base industrial robusta. Alemania no renunció a su industria automotriz; Estados Unidos no abandonó su complejo tecnológico-militar; Japón no tercerizó su núcleo tecnológico. Incluso las potencias que predican el libre comercio practican, en los hechos, políticas activas de defensa de sectores estratégicos.

La idea de que un país puede "especializarse en servicios" y prescindir de la industria es, en el mejor de los casos, incompleta. Los servicios de alto valor —financieros, tecnológicos, logísticos— suelen apoyarse en un ecosistema productivo sólido. Sin producción tangible, la economía se vuelve frágil, dependiente y expuesta a shocks externos.

En la Argentina, con vastos recursos naturales, capital humano de calidad y una tradición industrial que supo ser vigorosa, la desarticulación productiva no es una fatalidad inevitable. Es el resultado de decisiones políticas, de ciclos de apertura abrupta, de volatilidad macroeconómica y, sobre todo, de la ausencia de un plan de desarrollo sostenido en el tiempo.

El espejo de Corea del Sur

En una conversación reciente con Ricardo Alonso, prestigioso geólogo argentino y profundo conocedor de la problemática estructural del país, surgió un ejemplo que suele incomodar a quienes sostienen que el desarrollo industrial es una quimera: el caso de Corea del Sur y el llamado "Milagro del Río Han".

El proceso estuvo fuertemente asociado al liderazgo de Park Chung-hee, quien impulsó, desde la década de 1960, una estrategia de industrialización acelerada. Corea del Sur partía de condiciones extremadamente adversas: devastación tras la guerra, escasez de recursos naturales, bajo ingreso per cápita y dependencia de la ayuda externa.

Sin embargo, el Estado surcoreano diseñó e implementó planes quinquenales, promovió conglomerados industriales (los chaebols), protegió sectores estratégicos en etapas iniciales, incentivó exportaciones con alto contenido tecnológico y articuló educación técnica con necesidades productivas. El resultado fue una transformación estructural en pocas décadas: de economía agraria pobre a potencia tecnológica e industrial, líder en electrónica, automotriz y construcción naval.

Si se comparan variables estructurales, Argentina posee ventajas que Corea del Sur no tenía: abundancia de alimentos, energía, minerales críticos (litio, cobre), agua dulce, territorio extenso y una base científica respetable. Corea debió importar gran parte de sus insumos estratégicos. Argentina, en cambio, dispone de ellos en su propio suelo.

El argumento de Alonso era claro: si Corea del Sur pudo hacerlo sin recursos naturales abundantes, ¿cómo no va a poder Argentina, que los tiene en proporciones extraordinarias, diseñar un proyecto de desarrollo industrial moderno, integrado al mundo, pero con prioridades nacionales?

Nacionalismo productivo

El debate no es aislamiento versus comercio exterior. Es, más bien, la diferencia entre insertarse en el mundo con capacidad de negociación o hacerlo como simple proveedor de materias primas y consumidor de bienes manufacturados.

La apertura total e indiscriminada de importaciones puede tener efectos transitorios en precios, pero si no se acompaña de políticas de fortalecimiento productivo, termina erosionando el aparato industrial local. La consecuencia es previsible: pérdida de empleo formal, cierre de pymes, caída de la capacidad tecnológica y aumento de la vulnerabilidad externa.

Cuando Villarruel plantea el dilema entre "nacionalismo o globalismo", en términos económicos podría traducirse como la disyuntiva entre un modelo con política industrial activa o uno que delega la asignación estructural de recursos exclusivamente al mercado global. La experiencia histórica muestra que los países hoy desarrollados no crecieron bajo esquemas de laissez-faire absoluto, sino con Estados estratégicos que guiaron, coordinaron y protegieron sectores clave en momentos críticos.

Potencial y contradicciones

Argentina ha oscilado entre modelos sin consolidar ninguno. Posee capacidades en energía (Vaca Muerta), minería (litio en el NOA), agroindustria de escala mundial, industria nuclear, biotecnología y economía del conocimiento. Pero carece de una hoja de ruta estable que articule estos sectores en una estrategia nacional coherente.

El problema no es la apertura en sí misma, sino su carácter desarticulado. Sin estabilidad macroeconómica, sin financiamiento productivo, sin infraestructura adecuada y sin previsibilidad regulatoria, la industria no puede planificar inversiones de largo plazo.

El caso coreano demuestra que el desarrollo no es espontáneo. Requiere planificación, disciplina fiscal orientada a la inversión productiva, política educativa alineada con necesidades tecnológicas y una visión estratégica compartida por amplios sectores políticos.

¿Hay un plan?

La Argentina no necesita copiar modelos de manera acrítica, pero sí aprender de experiencias exitosas. El "Milagro del Río Han" no fue magia; fue estrategia, continuidad y decisión política.

Si la prioridad es, como se afirma, poner a la Argentina primero, ello implica fortalecer su capacidad productiva, no reducirla. Implica entender que industria nacional no es mala palabra, sino sinónimo de empleo formal, innovación, arraigo territorial y soberanía económica.

Por eso, si se analiza con rigor, nuestro liderazgo presidencial poco tiene que ver con el de Donald Trump en materia de defensa industrial. Mientras en Estados Unidos se refuerzan incentivos a la producción local y se aplican medidas para proteger sectores estratégicos, en Argentina aún no se vislumbra un plan integral que coloque a la industria en el centro de la estrategia nacional.

La discusión no es semántica. Es estructural. Sin industria, no hay desarrollo sostenido. Sin producción nacional, no hay empleo de calidad. Y sin empleo, cualquier proyecto político —sea cual fuere su signo— pierde sustento social.

"Nacional" no es mala palabra. Es, en todo caso, una condición necesaria para que Argentina deje de debatirse entre ciclos de entusiasmo y crisis recurrentes y comience, de una vez, a construir un desarrollo propio, moderno y sostenido en el tiempo.

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