inicia sesión o regístrate.
Algo cambió de manera silenciosa pero profunda en el mercado laboral, y las universidades no pueden seguir mirándolo desde afuera. Las búsquedas de empleo más recientes —impulsadas por grandes consultoras de recursos humanos y plataformas globales— muestran una tendencia clara: en la mayoría de los puestos ya no se exige un título de grado específico como condición excluyente. Lo que se pide, cada vez con mayor énfasis, son competencias concretas, habilidades aplicables y capacidad demostrable para resolver problemas reales.
Hoy, quien se postula a un empleo no es evaluado solo por lo que estudió, sino por lo que sabe hacer con lo que aprendió. Las empresas buscan evidencias: saber manejar una herramienta, liderar un equipo, analizar datos, vender, programar, comunicarse eficazmente, adaptarse al cambio. Y esas evidencias deben poder presentarse de forma clara, rápida y verificable en el mismo espacio donde se toman las decisiones de contratación.
En un mercado laboral digital y global, donde millones de personas aplican a través de plataformas como LinkedIn, decir que se posee una habilidad ya no alcanza. Es necesario demostrarla. De allí surge con fuerza la necesidad de microcredencializar las competencias, de certificarlas de manera confiable y de hacerlas visibles para terceros lo cual constituye un nuevo desafío para las universidades.
Las microcredenciales aparecen, así como una respuesta concreta a esta nueva realidad. Permiten certificar aprendizajes específicos, habilidades técnicas y competencias transversales, alineadas con las demandas del mundo del trabajo. Pero para que cumplan ese rol, no basta con diseñarlas desde lo académico. Deben estar respaldadas por las universidades, registradas en sistemas institucionales robustos y emitidas bajo estándares que garanticen autenticidad, trazabilidad y verificación digital.
En este nuevo escenario, el debate ya no pasa solo por qué enseñar, sino por cómo certificar y proteger el valor de lo que se certifica. Y es allí donde las microcredenciales dejan de ser una innovación opcional para convertirse en un desafío estratégico central para la educación superior.
El aprendizaje ya no es lineal
El aprendizaje ya no responde a trayectorias lineales ni a recorridos únicos. La lógica de estudiar una carrera, obtener un título y ejercer de por vida está siendo reemplazada por itinerarios fragmentados, acumulativos y permanentes, donde las personas aprenden, desaprenden y reaprenden a lo largo de toda su vida profesional. Este cambio no es una hipótesis académica: es una realidad que se refleja todos los días en el mercado laboral.
Las búsquedas actuales —como las que realizan de manera sostenida reconocidas consultoras de recursos humanos o plataformas como linkedin— muestran un patrón claro. En una gran cantidad de puestos demandados, ya no se exige un título de grado específico como requisito excluyente. En su lugar, se prioriza la experiencia, las habilidades técnicas concretas y las competencias transversales. Las empresas ya no preguntan únicamente dónde estudió una persona, sino qué sabe hacer, qué problemas puede resolver y qué valor puede aportar desde el primer día.
Esta distinción marca un cambio profundo. El conocimiento conceptual sigue siendo importante, pero dejó de ser suficiente. En un contexto donde la información es accesible y el cambio es permanente, el verdadero diferencial está en la capacidad de aplicar ese conocimiento en situaciones reales, adaptarse, aprender rápido y demostrar resultados. Eso es lo que hoy se evalúa en los procesos de selección, tanto a nivel local como global.
Las microcredenciales surgen precisamente para responder a esta lógica. No se limitan a certificar que alguien cursó un contenido, sino que hacen visible y verificable una competencia adquirida. Traducen el aprendizaje en evidencias concretas: habilidades técnicas, capacidades operativas, competencias digitales y socioemocionales que el mercado laboral reconoce y valora. Allí donde antes había supuestos, hoy puede haber demostraciones.
Sin embargo, este nuevo paradigma plantea una exigencia adicional para las universidades. No alcanza con diseñar microcredenciales académicamente pertinentes. Si esas competencias no están registradas en sistemas institucionales confiables, interoperables y portables, su impacto en la empleabilidad es limitado. Una competencia que no puede verificarse digitalmente, en un entorno global y competitivo, es una competencia que queda invisible.
Este es el punto donde el debate sobre el aprendizaje no lineal se conecta directamente con la transformación de la gestión universitaria. Acompañar trayectorias flexibles implica también repensar cómo se registran, certifican y ponen en circulación esos aprendizajes. Implica pasar de certificar trayectos cerrados a gestionar datos confiables de competencias a lo largo de toda la vida académica y profesional del estudiante. Ese es el verdadero punto de inflexión. Y es allí donde se juega, en gran medida, el rol futuro de la universidad en un ecosistema educativo y laboral cada vez más digital y global.
El error más común
Uno de los errores más frecuentes cuando se habla de microcredenciales es reducir el debate a una cuestión estrictamente académica: qué contenidos ofrecer, qué competencias certificar, qué docentes dictarán los cursos o cómo evaluar los aprendizajes. Sin minimizar la importancia de estas decisiones, el problema es otro y mucho más profundo. El verdadero desafío no está en el diseño pedagógico, sino en el sistema de certificación y registro que respalda esos aprendizajes.
Durante décadas, las universidades construyeron su legitimidad a partir de títulos y diplomas cuya autenticidad rara vez se ponía en duda. El soporte físico, los procedimientos internos y el reconocimiento social funcionaban como garantía. Hoy, ese supuesto ya no es válido. En la era digital, cualquier persona con conocimientos básicos de diseño puede replicar un diploma, incluso imitando firmas manuscritas, sellos y hologramas. El resultado es un documento visualmente idéntico al original, pero absolutamente falso.
Este no es un problema menor ni ajeno a las universidades. La falsificación de títulos y certificados no solo erosiona la confianza social, sino que pone en riesgo la reputación institucional y la credibilidad del sistema educativo en su conjunto. Y lo más preocupante es que los mecanismos tradicionales de control —copias escaneadas, PDFs firmados, validaciones manuales— ya no son suficientes para enfrentar este escenario.
La digitalización, que muchas veces se presenta como solución, también amplifica el problema si no se la aborda estratégicamente. Digitalizar un diploma sin un sistema robusto de verificación es, en el mejor de los casos, una falsa sensación de seguridad. En el peor, una puerta abierta al fraude. Lo mismo ocurre con las microcredenciales si se las concibe solo como certificados digitales sin respaldo institucional ni trazabilidad.
Por eso, insistir únicamente en el diseño académico de las microcredenciales es mirar el problema por la mitad. La pregunta central que las universidades deben hacerse hoy es otra: ¿cómo garantizamos que aquello que certificamos sea auténtico, verificable y confiable, en un entorno digital y global?
Aquí es donde la transformación digital de la gestión universitaria se vuelve ineludible. No se trata solo de innovar en contenidos, sino de revisar de manera integral los sistemas de emisión, registro y validación de credenciales, tanto tradicionales como alternativas. Tecnologías como blockchain, estándares de credenciales verificables, firma digital con sellos de tiempo y registros auditables no son accesorios tecnológicos: son herramientas para preservar la confianza.
Las microcredenciales, lejos de ser un problema aislado, ponen en evidencia una fragilidad preexistente: la necesidad de actualizar los mecanismos con los que las universidades certifican el aprendizaje. En este sentido, el desafío es doble. Por un lado, diseñar trayectorias formativas pertinentes. Por otro, construir sistemas institucionales que aseguren que cada título, diploma o microcredencial emitida sea imposible de falsificar y fácilmente verificable por cualquier tercero autorizado.
Pensar solo en lo académico es, hoy, una forma de negar la realidad. La digitalización obliga a las universidades a repensar no solo qué enseñan, sino cómo protegen, registran y validan el valor de lo que certifican. Y ese debate ya no puede postergarse.
El cambio silencioso
Del título al dato: el cambio silencioso. Durante años, el valor estuvo en el papel: diplomas y certificados que se fotocopiaban, se autenticaban y se acumulaban en carpetas de antecedentes que los postulantes entregaban a empresas u organismos al momento de buscar trabajo. Más tarde, ese valor se trasladó al PDF, al archivo digital adjunto en un correo o subido a una plataforma. Hoy, en entornos completamente digitalizados y globales, el centro de gravedad volvió a desplazarse: el valor ya no está en el soporte, sino en el dato verificable.
Un empleador que recibe un curriculum ya no quiere solo leer dónde estudió alguien. Quiere saber qué sabe hacer, qué competencias tiene y si esas competencias pueden verificarse de manera rápida y confiable. En plataformas como LinkedIn, donde millones de personas aplican a empleos de todo el mundo, una certificación que no puede validarse digitalmente es prácticamente invisible. Aquí aparece un punto clave: las microcredenciales no compiten solo entre sí; compiten con el ruido del mercado digital. Si no están bien registradas, integradas a plataformas y respaldadas por sistemas confiables, simplemente se pierden. El desafío de las universidades es velar por esto ya que las microcredenciales no son solo certificados; son activos académicos y laborales. Y como todo activo, en entorno digital, necesitan trazabilidad, autenticidad, interoperabilidad y gobernanza clara de los datos.
Tecnología, infraestructura crítica
Que las universidades en el mundo comiencen a hablar de blockchain, credenciales verificables o wallets digitales no es una extravagancia tecnológica. Es hablar de infraestructura crítica para la confianza. Estas tecnologías son las que permiten garantizar que una microcredencial o certificación no sea falsificada, que pueda ser verificada por terceros, que sea portable entre plataformas y países y esté siempre vinculada a la institución que la emitió. Y lo que es fundamental: que la pueda portar el estudiante y la comparta cuando lo crea conveniente o necesario. No se trata de digitalizar un certificado, sino de crear un sistema de registro que acompañe al estudiante a lo largo de su vida profesional, devolviéndole el control de sus credenciales, pero sin perder el respaldo institucional de la universidad.
Empleabilidad global
Cuando una universidad registra adecuadamente las microcredenciales, ocurre algo fundamental: acerca la educación al trabajo sin intermediarios innecesarios. Las empresas pueden identificar competencias concretas y
los estudiantes pueden mostrar evidencias verificables.
Los procesos de selección se vuelven más transparentes y eficientes.
En un mundo donde la inserción laboral ya no es local sino global, esto marca la diferencia. No se trata solo de formar mejor, sino de hacer visible esa formación en los espacios donde se toman decisiones de contratación.
El rol de las universidades
Algunos creen que este terreno será ocupado exclusivamente por plataformas privadas. Yo discrepo profundamente. Las universidades tienen —y deben asumir— un rol indelegable como garantes de calidad, confianza y legitimidad.
Pero para eso necesitan actuar. Definir políticas institucionales, invertir en sistemas, formar equipos, revisar normativas y, sobre todo, comprender que el registro de microcredenciales no es un problema técnico menor, sino una decisión estratégica de primer nivel.
Las microcredenciales llegaron para quedarse. Pero su éxito no dependerá solo de contenidos atractivos o formatos innovadores. Dependerá, sobre todo, de la capacidad de las universidades para hacerse cargo de su registro.
Así como nadie imagina hoy una universidad sin base de datos de graduados, en pocos años será impensable una universidad sin registro institucional de microcredenciales. Quienes entiendan esto a tiempo estarán fortaleciendo su rol en el sistema educativo global. Quienes no, corren el riesgo de quedar relegados a la periferia de la certificación del aprendizaje.
En la era digital, enseñar sigue siendo esencial.
Pero certificar bien es lo que hace que ese aprendizaje tenga valor real.
Una propuesta de UCASAL con proyección internacional
Una propuesta de la autora de esta nota, Silvia M. Alvarez, secretaria general de la Universidad Católica de Salta, fue seleccionada para integrar el programa oficial del IFE Conference 2026, uno de los eventos internacionales más relevantes en innovación educativa, organizado por el Tecnológico de Monterrey y su Instituto para el Futuro de la Educación (IFE).
El trabajo, titulado “Sistemas universitarios de registro de microcredenciales: autenticidad, portabilidad y empleabilidad en la era digital”, fue calificado como “Excelente” tras un riguroso proceso de evaluación por el comité académico internacional. La propuesta fue destacada por su solidez técnica, claridad conceptual, integración de estándares internacionales, enfoque en interoperabilidad y soberanía de datos, y por el uso innovador de inteligencia artificial —mediante RAG— para el “matching” de empleabilidad.
Se trata de la única propuesta seleccionada de una universidad argentina en esta categoría, y será presentada en un panel presidido dentro del programa oficial del evento, lo que refuerza su relevancia académica e institucional.
El IFE Conference 2026 se llevará a cabo del 27 al 29 de enero en Monterrey, México, y reunirá a rectores, ministros, líderes tecnológicos y expertos de más de 40 países, con el objetivo de anticipar cómo será la educación del futuro frente a la transformación del mercado laboral impulsada por la inteligencia artificial