La lluvia amenazó con aguar la fiesta, pero no. El Festival Nacional de La Chicha fue, en su 23ª edición, una convocatoria de música y tradición con importante respuesta de parte del público. En la segunda noche, el Complejo Deportivo Municipal comenzó a tomar color y calor cerca de las 23, cuando ya corría como reguero la voz de que la fiesta había empezado, dándole las espaldas al cielo encapotado. Y el entusiasmo, regado con un buen vino, un vaso comunitario de fernet o alguna descarga de talco y espuma, fue creciendo a medida que ocurrían los relevos en el escenario. Poco antes de las 2, al público ya no le fue posible permanecer sentado, porque a Los Tekis se los disfruta de pie y bailando. Y lo mismo con Sergio Galleguillo, que siguió a los jujeños estirando el clima de carnaval.

Cerca de las 21, los acordes de los grupos folclóricos encargados de armar “la previa” sonaban convocantes. La gente se agolpaba especialmente en la popular y en las fondas que competían en olorcito a empanada recién horneada y a carne a la parrilla. Pasaron por el escenario Jorge Cafrune las voces jóvenes de La Balca, el aplomado Ramón Jiménez, Los del Portezuelo y Remembranzas. Al arribo de Los Sauzales, con su seguidilla de chacareras, cerca de la medianoche, los pasillos del predio ya eran una improvisada pista de baile, con danzarines entusiastas, indiferentes al suelo barroso. El grupo fue el encargado de ponerle fondo musical, en vivo, a un video recordatorio del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. “Todo cambia”, de la inmortal Violeta Parra, sonó empujando a la retina duras imágenes de la represión durante el último golpe de Estado cívico militar.

Luego, Tucanychaya inauguró su segmento con “Zamba para olvidar” y prosiguió con contagiosas versiones de “Hay amores que matan” (Pimpinela) y “Agarrensé de las manos” (Puma Rodríguez).
Con 23 años de trayectoria, el Festival de la Chicha ya tiene un lugar destacado en el calendario de convocatorias folclóricas a nivel nacional.

Vale Cuatro pisó las tablas con algunos problemas de acople de sonido que se solucionaron prontamente. Ofreció una selección de chacareras y un par de anticipos (con aires mexicanos uno, y de tinku, otro) de su próximo disco.

En el recambio de equipos para preparar la bienvenida a Los Tekis, se apropió de la escena una pequeña gigante: Mariana Carrizo, mensajera de esa filosofía de vida ancestral (a veces pícara, a veces conmovedora) que tiene en su esencia la copla. Despojada de casi todo, pero dueña de lo fundamental, la sancarleña impuso su habitual magnetismo a fuerza de carisma, sonrisa y voz. “Echenle chicha a los vasos, échenle hasta rebalsar, que se ha muerto mi marido, y eso vengo a festejar”, rompió el silencio, abriendo una compuerta de risas y complicidad con el público.

Esta “salteña libre y dueña”, imprescindible en los escenarios, le dejó el terreno abonado a Los Tekis, que pusieron al público de pie y “con los dos dedos en V”, entonando su versión de la “Marcha de la bronca”, uno de los clásicos incluidos en su último disco, “Rock & Tekis”.

El show matizó la alegría carnavalera con un original repaso por el rock nacional. Hubo despedida en medio de talco y papelitos, y hubo bis y más fiesta.

El Ballet Tierra Gaucha precedió a Sergio Galleguillo, ícono de la chaya riojana. El artista, muy esperado también, mostró una vez más el don de pertenecer a esa casta de cantores en estado casi puro, ejemplar transmisor de las melodías y la alegría heredadas de su pueblo.

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