Hace más de un mes dejamos a Enrique “Mono” Lee en la frontera de Honduras y Nicaragua. Se trata de aquel salteño que en 1993 hizo en auto los 12 mil kilómetros que separan a Miami de Salta.

Recordemos que luego de partir de EE.UU. el 7 de agosto ya había traspuesto México, Guatemala y Honduras. Ahora está en la frontera con Nicaragua, parado por un conflicto políticos.

La frontera se había cerrado por el secuestro de dos (19/08/93) diputados y setenta políticos más. Los secuestradores demandaban ciertas condiciones al gobierno de Violeta Chamorro para liberar a los rehenes. Este inconveniente hizo que Lee buscara un sitio para pasar la noche y así fue que llegó al pueblito El Paraíso.

Allí, en su principal y única calle, encontró cama en un hotel de nombre harto suntuoso: “Quinta Avenida”, una sola estrella, pero “limpio y simpático”, aclara Lee.

Finalmente, la frontera de Nicaragua se abrió y el salteño pudo pasar. Allí, un curioso cartel decía: “Cuidado con la Escoba de la Bruja”. Al preguntar por el significado de la frase le dijeron que era la peste del cacao.

Concluido el trámite aduanero, con el encargado de la oficina a cuesta partió a Managua por un camino que lo hizo discurrir entre lagos y grandes árboles como huanacastes, robles y ocotes.

En Manuagua, el conflicto político había dejado sus huellas. A la Catedral se le había caído el techo y el piso estaba cubierto de lodo; en tanto el edificio del Congreso estaba garabateado por todos lados. Pese a todo, los lagos Managua y Nicaragua asombraron de más al salteño por sus extraordinarias bellezas. Lee dejó Nicaragua pensando que quizá, la tierra de Rubén Darío merecía mejor suerte.

Costa Rica y Panamá

Luego de dejar el país de los “Nicas” el viaje continuó por Costa Rica, la patria de los “Ticos”. Antes de llegar a San José (Capital), Lee pudo conocer los prolijos cultivos de café y luego, una ciudad ordenada, con modernos edificios y una población con marcada presencia española.

Hacia el sur, por un camino de cornisa vio las plantaciones de ananás, “una planta parecida al chaguar nuestro”, dice Lee, hasta que arribó a “Paso Canoas”, en la frontera con Panamá.

En este país, el viaje transcurrió por campos con hacienda, caña de azúcar y maíz mientras la altura de los árboles comenzaba a crecer. Y como debía pasar el auto por barco a Colombia, el salteño y su Toyota siguió por una autopista que lo llevó al Puente de las Américas, rumbo al Atlántico y al puerto Colón. Allí, por mil dólares, la nave “Lontue” se llevó el coche por el Canal de Panamá y lo dejó en el puerto colombiano Buenaventura, ya en el Pacífico.

Como Lee no pudo ir en el carguero, Panamá tomó un avión hasta Cali, unos 100 kilómetros al este del puerto Buenaventura. Luego de una engorroso trámite aduanero, el salteño recuperó su Toyota e ingresó al fertil valle de Cauca, colmado de los más diversos cultivos. En el camino, vio los pintorescos sembradíos en terraza y hasta se cruzó con las famosas “chivas”, “esos colectivos que en el techo llevan muebles, animales y personas”, describe Lee.

Por esa ruta llegó hasta el límite con Ecuador.

Ecuador

Luego de hacer aduana, Enrique Lee ingresó a territorio ecuatoriano y de inmediato se dirigió a Quito. Algo afectado por la puna un cartel del camino lo sorprendió: “Quito a la derecha” “Quito a la izquierda”. Desorientado, aparcó en una parada de colectivos donde había un grupo de personas. Al intentar preguntar por la dirección correcta, más de veinte personas quisieron subirse a su coche.

Luego de explicarles que no era “remís”, subieron cuatro hombres. Tres sanos y uno hasta el sorongo. Por suerte, el machado se apeó pronto mientras el resto lo acompañó hasta el centro de Quito. En el trayecto, al enterarse de la aventura del salteño, los hombres le preguntaron sobre su profesión en la Argentina y este, intentando quizá impresionarlos, les dijo: “Soy policía”. Cuando llegaron a destino los tres, muy agradecidos le espetaron: “No eres policía. Nosotros somos policías...”, y echaron a reir y efectivamente eran policías. Todo terminó con una amena cena en el Sheraton de Quito.

Al día siguiente, Lee continuó viaje pasando muy cerca del volcán Cotopaxi.

Casi 3 mil metros más abajo, pasó por grandes plantaciones de bananos y palmas para aceite. A unos 500 kilómetros arribó a la ciudad de Machala donde se alojó en un hotel que solo tenía un dormitorio de boda recién usado. Aún estaba adornado con tules, flores y globos de colores, entre otros “detalles”.

Al amanecer, siguió camino al Perú pero a poco un percance lo detuvo: por la ruta iban marchando varios policías. Al pasar despacio escuchó una orden: ­Alto!. Paró en seco y el que parecía el jefe se le vino al humo. Con cara de japonés enojado le espetó: “Qué no sabe que cuando la policía marcha usted debe detenerse?”.

La devolución del carnet de conducir fue una verdadera odisea pero llegó nomás al Perú.

Perú y Chile

Ya en territorio peruano el salteño tuvo el placer de conocer Trujillo, la ciudad de los balcones; también Lima; el puerto del Callao y la Pampa de Nazca donde desde una torreta pudo observar “las manos” y “el pájaro”.

Luego siguió a Arequipa, la ciudad de las recovas y con una catedral muy particular: su ingreso es un lateral.

Finalmente llegó a Tacna, en la frontera con Chile. Pasó a Arica y de allí a Iquique.

Ya rumbo a Salta, hizo noche en San Pedro de Atacama y al día siguiente ingresó a la Argentina por Sico. Al anochecer llegó al Valle de Lerma por la Quebrada del Toro. Las primeras luces fueron de Río Blanco, luego Quijano y al final Salta. Eran las ocho de la noche del 9 de septiembre de 1993 y hacía 33 días que había partido de EEUU.

Había cumplido su sueño de niño, haciendo 12 mil kilómetros en auto. Una verdadera aventura que muchos deberíamos intentar repetir.

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