Ganó un premio con un metegol para niños ciegos

Cuando empezó a preguntar a sus amigos cómo se imaginaban un metegol para personas no videntes, lo que recibió como respuesta fueron solo miradas incrédulas. Sin embargo, lo pensó, lo probó y lo hizo. Con este diseño ganó el 5 de octubre último el segundo premio de “Juguemos Juntos Concurso de Diseño de Juguetes Inclusivos”. Este certamen, que se realizó por segunda vez en Buenos Aires, busca dar visibilidad y reconocer las mejores propuestas de diseño de juguetes para niños con discapacidad, para generar mayores oportunidades de inclusión a través del juego.

José Ignacio López Zapana, de 27 años, presentó el concepto de Ecogol de manera digital y está por empezar a producirlo en su taller porque ya tiene muchos encargos. Se trata de un juguete sensorial de diseño universal con el que puede jugar cualquier niño, y que estimula sus sentidos. 

Se enteró de este concurso, organizado por la Fundación Fundalc y Juguetes Universales, a través de Guillermo Esteban, profesor de la carrera de Diseño Industrial, que cursa en el Instituto Tecnológico de Innovaciones Productivas. El año pasado participó y fue finalista, aunque no recibió un premio. Le interesó tanto el proyecto, que empezó a pensar en un juguete impactante. Ideó Ecogol, salió entre los diez finalistas del país y obtuvo 15 mil pesos como premio, que invirtió en máquinas fundamentales para construir el proyecto.

Cómo es Ecogol

El juguete consta de tres botones, en vez de las manijas que se hacen girar en el metegol original. Es casi todo cerrado, salvo por un agujerito donde se mete la pelota para comenzar a jugar.

Cada equipo se distingue por un sonido diferente: madera y metal. Cada vez que uno golpea la bola dentro del campo de juego, se oye el eco de uno o de otro material. 

Adentro están los “jugadores”, que se activan con resortes al presionar los botones. Cuando estos se sueltan, los resortes vuelven a su lugar.

“La idea es que todos los chicos lo compren e inviten a los niños no videntes o con discapacidad a jugar para que potencien los sentidos. Una persona con discapacidad puede potenciar mucho más los sentidos que un niño normal”, explicó.

Familia de creadores

José Ignacio nació en Salta capital pero pronto se fue a vivir a La Poma y luego a Cachi, donde terminó la escuela secundaria. Quizá la tranquilidad y el silencio de los Valles Calchaquíes dejaron en él la impronta del trabajo hecho con humildad. 

En diálogo con El Tribuno recordó a su abuelo, que era chatarrero e inventor. El hombre, que murió hace unos meses y al que cuidó hasta los últimos días, le dejó como legado un terreno lleno de basura, que el recicló para armar su taller. A la pasión por armar cosas la comparte con su tío. arquitecto y con su hermano, también estudiante de Diseño Industrial.

José Ignacio quiere seguir con el taller para hacer sus propios diseños en masa. Ahora, con su hermano, hace hornos-parrilla con tambores de lavarropas. “Tienen buenos diseños y funcionan bien”, aseguró. Espera terminar la carrera en 2018, porque este año debió dejar para arreglar su vivienda y su taller.

Sueños de gigantes

José Ignacio tiene una discapacidad en uno de sus brazos desde que nació. Una vez, cuando era chico, fue a Buenos Aires para buscar una prótesis pero no le gustaron las que vio. Eran estéticas y estáticas, porque todavía no existía la impresión 3D...

Entonces soñó con algún día hacer su propia mano.

Hace cuatro años hacía un curso de robótica y no podía soldar con estaño porque esto requiere de las dos manos. Entonces ensambló un tóner de impresora y las tiras de una mochila con otros materiales, que encastraban en su brazo. Así podía sostener el metal, mientras trabajaba con la diestra. 

Un año más tarde imprimió una prótesis mecánica que, con el movimiento del codo le permitía cerrar los dedos. Si bien la descargó de internet, hizo modificaciones para que no se rompiera muy fácil. La usaba para andar en longboard -una patineta larga-, correr y caminar, y se dio cuenta de que le ayudaba a mantener el equilibrio. 

Esta fue la solución a los dolores de rodilla con los que volvía de una peregrinación de cinco días, desde Cachi a capital, que comenzó a hacer en 2005. Llegó a esta conclusión por observación y por un proceso de investigación que duró un año.

Poco tiempo después llegó su tercer prototipo, conceptual, con mecanismos nuevos, desarrollados por él. Le agregó un sistema de trabas con el cual no hacía falta que moviera el codo para cerrar los dedos y le permitía dejar los dedos abiertos para hacer flexiones de brazos. “Una producción made in Salta, 100% mía”, contó.

Optimizó este prototipo y comenzó a imprimirlo pero no terminó porque se rompió la impresora 3D y no cuenta con el dinero para enviarla a arreglar a Buenos Aires. Tiene otro prototipo nuevo, listo para imprimir.

José Ignacio tiene un proyecto desde hace dos años para hacer diseños de prótesis que, por ahora, anda medio flojo por falta de presupuesto. Mientras tanto, su idea es seguir produciendo en el taller para dar vida al proyecto y que siga adelante.

“Todo en el mundo está diseñado de acuerdo con un canon: la persona que tiene dos brazos y dos piernas. Me parece que, como diseñador, uno tiene que incluir a los chicos con discapacidad. La idea es incluir a todos, que no haya diferencias. ‘Discapacidad’ es una palabra nomás, una palabra inventada por nosotros mismos”, cerró.
 

 

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