Aumenta la demanda en comedores y merenderos de la zona sudeste

Un 48,1 por ciento de los niños, niñas y adolescentes son pobres en el país. Los números del informe de Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina, dado a conocer en los últimos días, muestra que los más golpeados están en el sector más vulnerable de la sociedad: la infancia.

Los indicadores muestran además que un 33,8 por ciento de los chicos asiste a comedores escolares. Si bien las cifras corresponden al segundo semestre del 2017, el poco alentador primer semestre del año llevaría a que la situación se agrave.

En Salta, las filas de los comedores de la zona sudeste, uno de los sectores más pobres de la ciudad, son un termómetro que avala las estadísticas.

Las organizaciones que funcionan hace tiempo se las rebuscan para atender a más vecinos. Mientras, en los barrios dónde no hay ayuda social, encontrar un plato de comida se vuelve cada vez más difícil.

La situación empujó a la apertura de nuevos espacios donde se ofrecen alimentos. Nacen de un día para el otro y en cualquier terreno disponible.

Según el Registro de Barrios Populares que desarrollaron la Nación y entidades sociales, la mitad de los asentamientos de Salta capital están en la zona sudeste.

En el asentamiento 20 de Junio, la necesidad se tradujo en organización. Cansadas de esperar a que se habilite un comedor, un grupo de madres se puso en acción y, en un terreno a medio construir, improvisó un espacio donde se sirve el almuerzo.

48,1 por ciento de los niños en Argentina son pobres, según datos de la UCA

A tan solo cuatro días de haber comenzado, y cocinando a leña, pasaron de alimentar a 75 a 200 personas . En la zona viven 80 familias según el Registro de Barrios Populares.

Entre los comensales, son mayoría las madres con sus hijos. "Muchos se van y quedan las mujeres solas, o sus maridos trabajan en la construcción y no les alcanza", contó a El Tribuno Liliana Laureli, mientras anotaba en un cuaderno a los vecinos que, con ollas y tuppers en mano, armaban una cola para obtener una ración. Esperan conseguir ayuda oficial si muestran la cantidad de personas que asisten.

Las manos no sobran. A pesar de haber inaugurado hace días y con escasos recursos, las vecinas funcionan como una cooperativa. Mientras en la parte delantera algunas cuidan las ollas que arden sobre la leña, en la parte trasera, con la ayuda de sus hijos, otras amasan fideos: el menú del viernes.

Las más apuradas por las tareas cotidianas de la casa arman rápidamente la fila para volver a sus hogares. Las que llegan con los niños tienen más tiempo y les miden prendas de una mesa con ropa que se colocó en el terreno para que cada uno "agarre lo que necesite".

Soledad Molina dijo: "Me salva lo que están haciendo mis vecinas, si no tenía que ver cómo salvaba el día"

"Muchos se van a dormir con una tacita de té y a veces sin pan", resaltó Gladys Alfaro, voluntaria y dueña de un kiosco. "Antes la gente me compraba de a kilo, ahora me compran una papita o una cebolla", contó sobre la difícil situación que se vive por aquellas cuadras.

Los menúes se arman a la canasta, según lo que se haya reunido entre donaciones y lo que pone alguna madre que ese día "sí pudo". Pero a veces la comida no alcanza y la escasez llega a un punto que incluso para las propias voluntarias es difícil de manejar. "Seis familias se quedaron sin comida el martes", contó Noelia Aybar, dueña del predio donde armaron el comedor. A pesar de haber postergado el sueño de la sandwichería por ceder el terreno para el comedor, ese día tampoco almorzó y le pidió a una de sus compañeras que le diera "al menos unos fideos" a sus vecinos.

Noelia tiene 27 años, vive en una casa de una habitación con sus dos hijos y su marido, que es albañil y al que ahora le pide que colabore con el proyecto. "Le pedí que nos ponga una ventana para ir cerrando, pero vuelve cansado de la obra", dijo, recorriendo con la mirada el lugar, que cuenta solo con algunos muros.

En el asentamiento no hay comedores, hay solo un merendero que abre dos veces por semana. Las instituciones habilitadas para dar ayuda alimentaria quedan lejos y cierran sus puertas durante las vacaciones de invierno.

Las vecinas afirmaron que les gustaría poder abrir todos los días y dar también meriendas. Se plantean objetivos paso a paso. El más cercano es conseguir una garrafa, ya que tienen una cocina industrial pero no la pueden usar porque en la zona no hay gas. También necesitan utensilios de cocina. "Haremos una rifa para comprar una olla que sale dos mil pesos", aseguró Gladys.

 

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