Bolivia y Chile, el signo más visible de una crisis	regional

América Latina enfrenta una grave encrucijada, con una extendida sensación de desencanto. Los tres países más reconocidos por sus recientes logros económicos y sociales, Brasil, Chile y Bolivia, están sumergidos en crisis profundas y con consecuencias institucionales inciertas.

Bolivia se encuentra hoy en los umbrales de la guerra civil. Evo Morales había mostrado extraordinaria sabiduría para liderar a uno de los países más pobres y fracturados del mundo, pero la tentación monárquica lo llevó al fracaso. Su ambición por lograr un cuarto mandato desencadenó una crisis institucional, que derivó en violencia en las calles y enseguida, la acefalía. Ante la renuncia y abandono del país por parte del presidente, del vice Álvaro Linera, y de las autoridades del oficialismo parlamentario, la persona que seguía en la línea sucesoria, la legisladora Jeanine Áñez, asumió la presidencia sin quórum. Aunque su tarea se debe limitar al llamado inmediato a elecciones y a manejar la transición y a pacificar el país, tomó medidas imprudentes y provocadoras, a lo que sumó la orden para que las fuerzas armadas y de seguridad repriman a los seguidores de Evo.

En Bolivia se enfrentan dos bandos antagónicos que no creen, ninguno de los dos, en el valor del orden constitucional. Lo que se puede esperar, en adelante, es violencia política, social y represiva, con alto costo de vidas.

Chile intenta salir de su actual conflicto a través de una reforma constitucional. Este país se convirtió en modelo porque, en treinta años de democracia alcanzó logros indiscutibles en materia estabilidad política, alternancia, pluralidad, ascenso social, modernización económica. Sin embargo, centenares de miles de personas se movilizan pidiendo su renuncia. Reclaman por la inequidad de los ingresos, la insuficiencia del sistema previsional, las diferencias de calidad educativa, en todos los niveles, según el poder adquisitivo de cada familia, y los privilegios que se imponen para el acceso al trabajo. Dos países exitosos, con presidencias ideológicamente antagónicas, y ambos en crisis agónicas.

La región soporta, a la vez, el fracaso del populismo y el fin del sueño neoliberal de una prosperidad que nunca llega. América latina produce poco, distribuye mal y alimenta una economía paralela, ilegal. Los gobiernos son débiles, el Estado carece de autoridad y la región, en consecuencia, no es capaz de desarrollar una economía que garantice ingresos equitativos y trabajo suficiente.

México, la segunda economía latinoamericana, no puede con el narcotráfico, que en ese país se ha vuelto una organización genocida. Hace pocas semanas, el presidente Andrés López Obrador decidió liberar a Ovidio Guzmán, hijo de "El Chapo", porque no pudo resistir las amenazas y la violencia de los criminales.

Lula, uno de los grandes presidentes de la historia de Brasil, pasó casi dos años preso y su ausencia abrió el camino para que llegara a la presidencia Jair Bolsonaro, un exmilitar de discurso violento, intolerante, racista y homofóbico. Los logros sociales de la presidencia de Lula fueron un ejemplo y una esperanza para toda la región, pero no alcanzaron para evitar una crisis macroeconómica que fue deteriorando a su sucesora, Dilma Rousseff, destituida por una causa irrelevante y no probada.

El escándalo Odebrecht arrasó con Lula y un centenar de empresarios, y funcionarios de varios países, y erosionó más aún el prestigio de las instituciones.

Argentina, que eligió presidente en una elección que se polarizó, afronta el octavo año de estanflación, engendrada por una crisis macroeconómica de profundas consecuencias sociales, cuyas raíces deben buscarse en la hecatombe de 2001.

La debacle venezolana ha echado por tierra la utopía bolivariana.

La caída de los precios de las materias primas puso fin a la ilusión de ideologizar las relaciones exteriores y regionalizar las economías. El balance es que quedó semidestruido el Mercosur, se dejó de lado la Unasur y no hay fuertes alianzas entre Estados.

Es difícil predecir el futuro de la unidad de América Latina. Pero la fractura ideológica que condiciona cualquier acuerdo permite predecir muchos años de crisis como las actuales.

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