Murió John le Carré, el autor del “El espía que surgió del frío”.

 

 

John le Carré, el legendario escritor inglés de novelas de espionaje, murió en Cornualles, Reino Unido, a los 89 años, donde estaba internado por una neumonía. El año pasado había contado en una entrevista que tenía cáncer. Eso no lo detuvo, y publicó, en octubre de 2019, su última novela, “Un hombre decente”. 
Reticente a recibir honores y premios, aceptó algunos, como la Medalla Goethe en 2011 y el Olof Palme Award, que le dieron en enero de 2020 en Estocolmo. A pesar de la enfermedad, y la edad, estaba demasiado vivo y la noticia, para mucha gente, fue una sorpresa.
“Con mucha tristeza, debo anunciar el fallecimiento de uno de los grandes escritores del mundo: John le Carré”, escribió el domingo en su cuenta de Twitter Jonny Geller, director del grupo Curtis Brown, agencia artística con sede en Londres, y quien fue su agente literario los últimos 15 años. Con elegancia británica aclaró que murió “tras una corta enfermedad (no relacionada con el Covid-19) el sábado 12 de diciembre por la noche”. También dijo, en sus palabras de despedida y homenaje, que el autor fue “un indiscutible gigante de la literatura inglesa” y que “definió la era de la Guerra fría y contó sin miedo al poder la verdad en las décadas siguientes”.

El escepticismo

En sus últimos trabajos, le Carré se mostraba cada vez más escéptico en su mirada sobre el mundo. Aunque escribiera ficción, usaba sus historias para mostrar su desagrado. Con una pluma joven, pero sabia, descargaba un enojo contemporáneo, por ejemplo contra el accionar terrorífico de los laboratorios, en El jardinero fiel (2001) o las turbias relaciones de los servicios secretos de las potencias democráticas, en Amigos absolutos (2003).
Como si hubiera sido el protagonista de una de sus historias, vivió cada segundo al máximo. Austero y casi asceta, pero firme en sus convicciones, queda en su obra su opinión y postura, política y humana, sobre el mundo, pero entramada en historias atrapantes de lectura casi adictiva. Una pequeña enorme paradoja, que es botón de muestra de su estilo. 

Su vida

Nació en 1931 y su nombre verdadero era David John Moore Cornwell, pero prefirió llamarse John le Carré. Se formó en las universidades de Berna y Oxford, y fue docente en Eton. En los años 50 comenzó a trabajar para el servicio de inteligencia británico y una década más tarde lo trasladaron al MI6, que opera en el extranjero, como agente encubierto, con el cargo de Segundo secretario en la Embajada Británica de Bonn, Alemania.
En esa época empezó a usar sus experiencias como ideas narrativas y publicó Llamada para el muerto (1961) y Asesinato de calidad (1962). Estos primeros textos eran una combinación de humor y el género policial. Pero entonces llegó su tercer libro, El espía que surgió del frío (1963), que ganó el Premio Somerset Maugham y el Crime Writers Association Gold Dagger, y fue descripto por Graham Greene como la mejor novela de espías que había leído jamás. Y si, la obra lanzó su carrera y el autor abandonó el servicio de inteligencia en 1964 para dedicarse solo a la escritura.

Escritor prolífico

John le Carré se instaló como uno de los escritores más prolíficos y respetados de su generación. A lo largo de su carrera, escribió más de 20 novelas, libros de relatos, de no ficción, guiones cinematográficos y un volumen de memorias, Volar en círculos (2016), en donde habla con dureza de su padre, y cuenta en detalle los entretelones de lo que muestra ficcionalizado sobre los servicios secretos. Vendió más de sesenta millones de ejemplares de sus historias de espionaje en cerca de 40 países. Y varias fueron llevadas al cine, entre otras El sastre de Panamá (John Boorman, 2001), con Pierce Brosnan, Geoffrey Rush y Jamie Lee Curtis; El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005), con Ralp Fiennes y Rachel Weisz; y El topo (Tomas Alfredson, 2011), con Gary Oldman y Colin Firth.

El espía escritor

Sus propias vivencias como espía fueron la base en la que le Carré se inspiró para muchas de sus obras, en las que explicó como pocos las tensiones que atravesó el mundo durante la Guerra Fría y encontró una nueva forma de narrar, dejando todo maniqueísmo atrás y mostrando la complejidad de cada “bando”. Es ahí en donde surgió George Smiley, basado en muchas de sus experiencias en el MI6, y personaje principal de muchas de sus novelas que parecía haber hecho su última aparición en El peregrino secreto (1990). Pero no. Este antihéroe oscuro regresó 30 años después en El legado de los espías (2018), en un papel pequeño, pero determinante, para una suerte de spin off de la mítica El espía que surgió del frío. Opositor al Brexit, Le Carré aprovecha este libro para hacer una crítica a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea a través de su personaje, un europeísta convencido que “arremete contra el aislacionismo y el chauvinismo que lo rodean”.
Aunque puso su ojo, más que nada, en la época de la Guerra Fría, nunca cayó en la simpleza de jugar a los buenos y malos. De hecho, se dice que muchos de sus fans eran agentes de la KGB. Le Carré siempre se sitio dentro del círculo de intelectuales británicos de izquierda. 
Se dedicó a la escritura durante 60 años y novela a novela invitó a sus lectores a adentrarse en la intervención de los servicios secretos en la política de otros países, en la manipulación de las voluntades o en los límites de la vigilancia estatal y la libertad individual. En una entrevista publicada en 2008 por The Sunday Times, le Carré contó que durante sus años como espía británico estuvo tentado de pasarse a la Unión Soviética. No por razones ideológicas, sino por la curiosidad de saber qué había al otro lado del Telón de Acero. “Cuando espiás intensamente y te acercás más y más a la frontera... parece un paso tan pequeño para, ya sabés, averiguar todo lo demás”, dijo. Él, que fue el escritor de novelas de agentes encubiertos más famoso, tal vez ahora se fue a ver qué hay del otro lado de la vida.

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