Yolanda Ruiz, una maestra que en Cerrillos se recuerda  con cariño

En la vieja entrada del pueblo de Cerrillos, espalda al naciente por la ruta nacional 68, hay una casona seguramente bicentenaria. Es una de las pocas muestras de arquitectura colonial que le quedan al pueblo y hasta hace un tiempo, sus paredes de adobe aún sostenían los clásicos techos de teja y cañizo. Y así fue, hasta que doña Yolanda Ruiz debió cambiar cañas por tejuelas. “Es el tiempo...” explicó, mientras caminaba bajo el encatrado de dos enredaderas en flor: una madreselva y una glicina lila, plantas infaltables en los viejos patios salteños.
Nos sentamos en una tibia galería de techo alto, mirando al poniente y a metros nomás del viejo camino real, ahora ruta nacional. Y ahí, de a poco, Yolanda, una de las más antiguas maestras jubiladas del pueblo, comenzó a desgranar con la inconfundible tonada de criolla salteña, su dilatada vida docente en dos escuelas y un colegio. Primero en un establecimiento nacional de Rosario de Lerma, y después, en la provincial de su pueblo natal, en la misma donde había aprendido las primeras letras y los primeros números. 
“Hice mi estudios primarios aquí en Cerrillos, en la escuela provincial Gobernador Manuel Solá, y de esos siete años atesoro el recuerdo de mi maestra Amalia Sueldo, tanto por el afecto que le guardo, como por su capacidad pedagógica. Luego ingresé al colegio Nuestra Señora del Huerto en Salta, donde me recibí de maestra en los primeros años de la década de 1950”.

La carrera docente

Luego de egresada del Colegio del Huerto, Yolanda comenzó a buscar trabajo y para ello se inscribió en el Consejo Nacional de Educación, donde a poco, fue designada en una escuelita cerca de Rosario de Lerma, camino a Campo Quijano. Pero dejemos que ella cuente esa experiencia. 
“En 1953 me designaron maestra de la Escuela Nacional N° 89, jurisdicción del municipio de Rosario de Lerma. Era un edificio nuevo, de las llamadas ‘escuelitas de Perón’ pues se habían construido en esa época. Era comodísima, tenían salamandra a leña en cada una de las aulas, una casa para el director y otra para un maestro. Cuando ingresé éramos ocho maestras más el director, don Domingo Zorrillas, un excelente docente.
Recuerdo que para ir a la escuela, yo debía tomar todas las mañanas el ómnibus que venía de Salta e iba a Rosario de Lerma. El colectivo era de la Empresa Víctor M. Villa, y a las siete lo tomaba frente de mi casa para media hora después llegar a Rosario de Lerma. Por entonces, la mayoría de las maestras viajaban de Salta y las de la escuela nacional, nos bajábamos en la estación de trenes. Ahí, un ‘breke’ tirado por dos caballos, ya nos estaba esperando para transportarnos hasta la escuela que estaba a dos o tres kilómetros, por el viejo camino a Campo Quijano. Para regresar, el ‘breke’ nos buscaba al mediodía y nos dejaba en la estación donde esperábamos el colectivo que nos llevaba de vuelta a Cerrillos y a Salta. Por seis o siete años hice ese itinerario en ómnibus y en el ‘breke’ tirado por caballos. El tramo en carruaje es para mí algo inolvidable. Era entretenido pese a que generalmente viajábamos apiñadas cinco o seis maestras, cada una con sus útiles y portafolios. En fin, ese viaje por camino de tierra y con pozos me resultaba entretenido. Al respecto, recuerdo que aquí en Cerrillos también había maestras que usaban ese tipo de carruajes para ir a la escuela y de paso llevar alumnos. Unas de ellas eran tu mamá (Sara Giampaoli) y Adela Castiella de Gallo, maestras de la Escuela Nacional N° 148, de La Falda.
El hecho es que fui maestra de esa escuela nacional N° 89 (hoy Cnel. Vicente Torino) durante seis años hasta que en 1959, varias docentes nacionales, mediante telegrama del Consejo Nacional de Educación, quedamos cesantes. Fue durante el gobierno de Arturo Frondizi cuando el famoso plan de austeridad del ministro Álvaro Alzogaray. La verdad, que dejen cesante a maestras fue algo que nunca más volví a ver en mi vida.
Bueno, al verme cesanteada moví cielo y tierra hasta que, al igual que otras maestras que estaban en la misma situación, fui designada en una escuela de la Provincia. Y así fue que después de años volví a la escuela Gobernador Manuel Solá de Cerrillos, pero ya como maestra. Era la casa donde yo había aprendido mis primeras letras. Allí permanecí por más de 20 años, hasta que debí acogerme a la jubilación en los años 80. En mis últimos años trabajé doble turno, por la mañana frente a los grados de la escuela y por la tarde en el colegio Pacto de los Cerrillos, que por entonces ambos establecimientos ocupaban el mismo edificio pero en distintos horarios”.

  Imagen de los maestros de aquel tiempo.
Los recuerdos

Después de jubilada, los años comenzaron a transcurrir y los recuerdos de Yolanda a juntarse como anécdotas, fotos y rostros de exalumnos. Ahora ya son hombres y mujeres mayores con los cuales muchas veces se encuentra en la calle. Entonces son los momentos de reconocimientos y saludos cargados de cariño y amor. Así es la vida en el pueblo.
“Tengo un exalumno -cuenta Yolanda- ya hombre grande con hijos y nietos, que cuando me encuentra en la calle me dice a modo de saludo y en voz alta: “Aquí está la maestra que más quiero!” mientras me estira los brazos. Esas palabras y ese ademán tienen para mí una enorme carga de ternura, una ternura que pese a repetirse cada vez que me ve, toca mis fibras más íntimas. Pero también me enternece saber que mi alumna tal -no quiere dar nombres- me cuenta que ya es mamá y hasta abuela, y que los suyos son personas trabajadoras y de bien. Son mamás y papás que me confiesan en la vereda nomás, sus logros, modestos muchas veces, pero siempre queriéndome decir que yo también tengo algo que ver con ello. Y ese involucrarme en sus vidas, me emociona y me enternece aunque no parezca por mi forma de ser. Y por supuesto, ese es el regalo más hermoso que puede recibir una maestra jubilada de parte de sus exalumnos. Me colma de orgullo que me cuenten, aunque sea escuetamente, lo que hicieron de sus vidas después que salieron de mi aula. Saber que ese niño, que era mi alumno, hoy tiene una familia, sea agente, labrador, albañil, carpintero, ingeniero o doctor. Eso me llena de orgullo y satisfacción. Tengo el gusto que para el día del maestro algunos todavía me obsequian una flor o me llaman por teléfono”.

La familia de Yolanda

Yolanda Beatriz Ruiz Aguirre, es su nombre y apellido completo. Se trata de una mujer sencilla, parca en el hablar, pero asaz observadora. Casi nada se le escapa y cuando emite un juicio es seguro que da en la tecla, como decía su hermana Angelita. Su padre, don Abel Ruiz Peralta, fue un empleado de correos desde las primeras décadas del siglo pasado. Su madre, doña Julia Aguirre, era una mujer de carácter dulce pero firme, lo que le permitió sacar adelante un hogar con ocho niños y donde la mayoría eligió la carrera docente. Por otra parte hay que decir que Yolanda pertenece a una de las familias más viejas del pueblo, y que por la rama paterna de los Peralta, se vincula con los patriotas José Manuel Peralta, capitán de gauchos, y del capitán Mariano Ángel Peralta, de gran actuación en Tarija y Libilibi, Alto Perú, integrando las partidas de Güemes.
Por fin, de su paso por la docencia Yolanda recuerda a don Domingo Zorrillas, Sara González, Amalia Sueldo, Luisa Furque de Macaferri, Nelly Proty, Marta Leonor Núñez, Teresa Escotorín y Noemí Acuña, entre otros. 
 

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