La vejez

La vejez era una perspectiva remota o poco probable en el pasado. En la época en que nació Jesucristo y durante todo el imperio romano la población mundial no fue superior a los 200 millones de personas; 270 millones de personas en el año 1000. En 1700 el total de la población había aumentado alrededor de 600 millones y en 1820 sobrepasó los 1000 millones. Se necesitaron dos siglos para que la población mundial se duplicara y sólo se requirió poco más de un siglo para que volviera a duplicarse para llegar a 2300 millones en 1940. En 1960 éramos alrededor de 3000 millones y medio siglo después crecimos a más de 7.000 millones. Se espera que alcancemos los 8200 millones para 2030 y un poco más de 9000 millones para 2050.

La esperanza de vida fue aumentando lentamente porque disminuyeron las hambrunas, se controlaron muchas enfermedades y se espaciaron las pestes, las epidemias y las guerras; en los Estados Unidos la esperanza promedio de vida en 1900 era de 47 años para los blancos y de 33 para los negros. La mayor esperanza de vida en muchos casos implica mayor discapacidad, fragilidad y morbilidad y un período amplio de ocio sustentado por el Estado o financiado por las empresas que nunca se previó.

Los índices de natalidad van cayendo por debajo de la tasa de sustitución de la población; la estructura de edades se inclina cada vez más hacia los grupos de mayor edad. La amenaza de una depresión económica está presente, tensiones sociales en aumento y dificultades para alcanzar un equilibrio entre el cambio demográfico y la prosperidad económica.

El fenómeno del rápido envejecimiento de las poblaciones no es nuevo y pocos saben como se adaptarán y cambiarán las sociedades cuando las personas mayores de 65 años se conviertan en el grupo de edad de más rápido crecimiento superando a los niños y cuales serán las consecuencias económicas, sociales y políticas. Las sociedades senescentes tendrán cada vez más problemáticas evidentes que ya se han convertido en un reto de importancia creciente que requerirán nuevas formas de atención sociosanitaria, de seguridad social, otorgamiento de más prestaciones a los adultos mayores y la forma de pagarlas en un contexto nada favorable. La pobreza de la mayoría de los adultos mayores se está volviendo un problema creciente y las contribuciones a las jubilaciones y pensiones estatales y los planes y programas de atención médica disminuyen en cantidad y calidad. Los efectos económicos y sociales de esta realidad inciden no sólo sobre la viabilidad y el financiamiento de jubilaciones y pensiones sino también sobre la atención médica, la posible reformulación de la edad estatutaria para la jubilación, las enfermedades no transmisibles se convertirán en una carga sociosanitaria cada vez mayor, la inmigración, el trabajo, la posible escasez de mano de obra calificada, las políticas fiscal, social, laboral y educativa, las estructuras familiares cambiarán, la forma del retiro laboral dependerá en gran medida del ahorro propio, los sistemas de salud y seguridad social serán cada vez más presionados, habrá que formular nuevas y específicas funciones en el marco de una política gubernamental destinada a los adultos mayores.

 

 

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