Al cumplirse seis meses de cuarentena nacional, la más extensa del mundo, Salta enfrenta días aciagos, porque la pandemia llegó a nuestra provincia con toda su virulencia.

La COVID-19 es una enfermedad terriblemente contagiosa, que tomó por sorpresa al mundo, aunque algunos países lograron controlarlo mejor que otros. En los nueve meses que transcurrieron desde que la pandemia brotó en Wuhan se hizo evidente que el liderazgo para instrumentar políticas sanitarias eficaces y la capacidad instalada en servicios de salud pública fueron dos aspectos decisivos para poner bajo control al virus.

Y esta experiencia ya debería ser capitalizada por las autoridades nacionales, provinciales y municipales porque, aun cuando aparezca la vacuna, la COVID-19 ya ha desnudado la vulnerabilidad de las sociedades modernas frente a las mutaciones virales, sean naturales o productos de laboratorio.

Con el virus no se juega y el aislamiento dispuesto por el Gobierno provincial para los próximos 21 días parece ser la única solución posible ante un pico inmanejable.

Pero la cuarentena tiene un costo muy alto para las empresas que dejan de funcionar normalmente. En Salta, todo fue menos riguroso, hasta ahora, pero la recesión se hizo sentir en la industria, el comercio, el turismo y los servicios. La protesta de ayer expresó la gravedad de una situación muy sombría, y cuyas consecuencias sociales son impredecibles.

¿Por qué en Wuhan, donde se desató la pandemia, hoy la vida volvió a ser plenamente normal y la gente anda por las calles sin barbijo? Este interrogante es crucial, pero no puede ser respondido con razonamientos de barricada. Ni con artilugios teóricos.

Lo mismo vale interrogar sobre las asistencias dispuestas por el Gobierno nacional, como fondos especiales para las provincias o como asistencia a los desocupados.

Con decenas de miles de empresas cerradas, es imprescindible una autocrítica. Algo falló, porque ni en Salta ni en el resto del país, la emisión récord de dinero para afrontar la emergencia se ha traducido aún en éxitos sanitarios.

Si no hay otra solución, habrá que quedarse en casa. Pero también habrá que hacerse cargo de las consecuencias.

La politización de la enfermedad es nefasta. En el conurbano bonaerense, que lidera ampliamente el número de los contagios diarios, los cafés y los comercios funcionan casi normalmente.

En tanto, el gobernador Axel Kicillof se dedica a criticar a su vecino porteño, Horacio Rodríguez Larreta, por algunas medidas de apertura.

La cuarentena, mal administrada, parece empezar a cobrar caras las imprudencias. Nuestro país no solo tiene un problema de salud pública, sino también una enorme carencia de liderazgos.

Ayer, la protesta del comercio coincidió con una marcha contra el Gobierno nacional. Sin embargo, los problemas son diferentes. Y no conviene mezclarlos.

Mientras el Presidente y los gobernadores acataron la autoridad sanitaria y dejaron de lado los intereses mezquinos de la política, la epidemia se manejó con cierta serenidad y mejoró el equilibrio institucional. La politización posterior echó por tierra esa sensación de primavera democrática.

En nuestra conmocionada provincia, no debe minimizarse el riesgo sanitario, porque pone en juego muchas vidas, y porque un colapso del sistema sería una tragedia provincial.

Hace dos semanas, las informaciones sobre el incremento de casos en Bolivia fueron un llamado de alerta: para los virus, las nacionalidades no existen y si las fronteras son permeables, había que anticiparse al brote. No cerrando el paso sino practicando testeos. Es de esperar que no sea tarde. Además de la salud y la economía, hay que prestar atención a las consecuencias sociales de la pandemia. La distribución de dinero, con o sin control, no alcanzó, evidentemente, para suplir la carencia de infraestructura. Aun cuando las familias reciban un auxilio, nada garantiza que el contagio masivo se detenga. Y la paralización de la economía anticipa una inevitable caída del ingreso global.

Por eso es indispensable, en estos momentos críticos, un liderazgo basado en criterios técnicos, despojado de pequeñeces y mediocridades y comprometido con la gente.

 

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