Domingo en la ciudad, en una crónica de la nada misma

Tras la decisión del Comité Operativo de Emergencia (COE) del volver a la etapa de aislamiento, el domingo en la ciudad se escribió como si fuese la crónica de la nada misma.

Muchos pensaban que la gente iba a salir desesperada a abastecerse para esta nueva fase uno que se extenderá hasta el 11 de octubre.

Sin embargo, todo fue desierto y vacío en la mañana gris dominical, con muy pocas personas deambulando en un paisaje urbano que se acercó mucho al de la primera quincena de abril. Vecinos y vecinas con barbijos, yendo de compras a las verdulerías y carnicerías que cumplen con el distanciamiento y las con las colas que se van armando fuera de los locales en las veredas.

En la popular zona sudeste hasta la abundante avenida Felipe Varela estuvo casi vacía, sólo ambientada por el humo de la venta de pollo a la parrilla, la música de las carnicerías y un cajero automático colmado. Para tener una magnitud de la quietud se podía ver en las agencias de remises todos los móviles sin utilizar. Los choferes reunidos en su cofradía de mates individuales e historias imaginarias. Las ferias americanas de la zona parecían dormidos campamentos de algún país de Oriente. Sólo la venta de coca se reactivó y en los comercios mínimos de latas verdes cotizaba la hoja a 1.500 pesos el cuarto.

La avenida Independencia sorprendía. Si uno se colocaba en un extremo, desde Yrigoyen, se podía ver hasta el fondo de la artería, hasta Córdoba, sin vehículos, sin camiones, con la visible línea de semáforos y sus luces de colores intermitentes.

Al paisaje apocalíptico lo brinda la Terminal de Ómnibus con su soledad absoluta, con un espacio vacío que parece más amplio, con lapachos en flor que se quedaron sin turistas ni vecinos que los admiren. Al frente, por la zona del recordado "Peche Mitre" ni los gritos de "Güemes, Güemes" se escuchan. Todo el negocio montado sobre el transporte ilegal desapareció: los vendedores varios se fueron a buscar reconversiones a otros "kioscos".

Lo que quizás más conmoción pueda haber ocasionado fue ver el parque San Martín completamente despoblado, deshabitado, inhabitado. Un domingo con el parque tradicional de los salteños solitario es como una postal de guerra. Los juegos sin niños, el lago sin gente en sus márgenes y las demás atracciones sin turistas es imagen de una sociedad con responsabilidad colectiva.

En el oeste capitalino hasta los potreros se quedaron callados, campos de juego ásperos que hasta la semana pasada se colmaban de jóvenes que sueñan con jugar en el Leeds o en el PSG ante la falta del fútbol de "cabotaje".

En el microcentro, las vallas y sus policías fueron los únicos habitantes. La plaza 9 de Julio fue un paisaje siberiano con el sólo color de una quinceañera tomándose fotos con la sola compañía de sus padres. Hasta los perros que acompañan a las manifestaciones se fueron. La ciudad vacía es evidencia que se siente el duro golpe que nos está dando el COVID-19 a los salteños que, en su gran mayoría, están tomando conciencia sobre los contagioso de la enfermedad. 

Los domingos en casa, sólo con el núcleo primario de la familia, quizás sean el comienzo de una concientización que debemos tomar para ralentizar la tasa de contagio para darle al Estado provincial la posibilidad de habilitar y terminar de reforzar el sistema sanitario para contener esta pandemia.

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