El horror del desempleo

Muchos padecemos la nostalgia de una era reconfortante en la cual cada uno conocía su lugar, trabajaba, hacía su tarea encerrado en una fábrica, una oficina o lo que fuera, encuadrado, vigilado, disciplinado, ocupado.

La política actual parece privilegiar la ganancia y el beneficio de la especulación que se ha vuelto incompatible con el empleo y se sacrifican la salud pública y la educación, ambas vinculadas con la calidad de vida de los pueblos.

Siempre tuvimos la impresión de que el trabajo era un derecho. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre, adoptada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, estipula en su artículo 23:

1) Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.

2) Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual. Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social.

Parece olvidado el derecho al trabajo y negado el hecho de que la dignidad de la persona es suya por derecho propio y que posee una dignidad que el empleo no le confiere; el concepto mismo de la ayuda social es contrario a la dignidad.

 

La ayuda social no representa una ayuda sino un derecho: la compensación por parte de la sociedad de las injusticias creadas por ella misma, compensación despreciable con respecto a una deuda que no se cancela. Si desaparecen los puestos de trabajo y con ellos el derecho de trabajar, si la sociedad no es capaz de restablecer los plenos derechos de los despojados, la solución es una sola: desbloquear los recursos necesarios, los que se utilizan en las situaciones de emergencia, pero esta vez de manera permanente, mientras duren las anomalías.

El trabajo, función inherente a la persona humana, no puede desaparecer, pero el empleo sí puede.

Lo más trágico no es la ausencia de empleos sino las condiciones de vida indignas, el rechazo, el oprobio infligido a quienes lo padecen y la angustia de la inmensa mayoría que, bajo la amenaza de caer en el desempleo, se ve sometida a una opresión-depresión creciente.

El empleo es cada vez más de carácter precario y deja de ser un factor de integración; no ocupa todo el tiempo, con frecuencia es insuficiente para ganarse la vida lo cual era normal pero dejó de serlo y por lo tanto no siempre permite a quien lo posee que se aleje del umbral de la pobreza.

La mutación de nuestra civilización ya no está basada en el trabajo y se ha desacralizado el trabajo en su forma vetusta. En la economía actual las empresas ya no están atadas al trabajo, ni siquiera a un capital, sino que están sujetas a los flujos aleatorios de especulaciones a las cuales sirven de sostén o pretexto, hasta el punto de que un gran número de profesiones, oficios y trabajos indispensables cuya ausencia no les es patentemente inconveniente.

El valor o la utilidad real de las tareas, se calibran sólo en función de su rentabilidad; son tiempos lejanos cuando había rebeliones contra las formas y condiciones laborales, vigorosamente cuestionadas y consideradas alienantes, aunque ahora se da por sentado que esta alienación sólo busca la integración.

En ese entonces el desastre actual generado por la desaparición del trabajo hubiera parecido inconcebible, y es esta falta de previsión, que resultó tan nociva, la que se debe remediar.

Estamos a merced de las oscilaciones bursátiles, los eventuales cracks y fiascos diversos, la volatilidad de los mercados, la fragilidad de la burbuja financiera, de la incompetencia o la eventual deshonestidad de los gestores de esos fondos.

Esta época de la historia, nuestra época, tiene una capacidad inédita de beneficiar a la gran mayoría, gracias a las fabulosas tecnologías nuevas, una capacidad de ofrecer abundantes posibilidades de elección de vida.

Liberados por la tecnología de la mayor parte de las tareas penosas, ingratas o carentes de sentido, cada uno de nosotros podría y debería estar infinitamente más abierto a las oportunidades ampliadas y no, como ahora, ampliadas al desempleo.

Oportunidades de ser activo en un mundo donde no hay razones para poner tasa a los dones y las inclinaciones, antes puestos al servicio de tareas que ahora realizan máquinas.

En el mundo del trabajo, la vida se desarrolla estrechamente ligada a una cronología, un calendario y horarios.

El tiempo no está librado a una eternidad extraña a uno, en la cual uno no tiene nada que hacer ni se siente fuera de lugar. El tiempo está parcelado: domingos, fines de semana, feriados, vacaciones anuales, referencias colectivas que no dejan lugar al tiempo muerto y anticipan un porvenir uniforme y lleno de certezas. En el sitio de trabajo uno es esperado, tiene su lugar, una razón legítima para estar ahí; uno tiene esa dignidad tan esencial que según se dice sólo un empleo puede otorgar; las estadísticas del desempleo y la pobreza tiene el espesor de una persona. Que los seres representados por esas cifras no son congénitamente los pobres, los hambrientos, los sin techo, las víctimas; que no es su función serlo, como no lo es la de nadie pero viven como si lo fueran, lo cual es quizá lo más difícil (Vivianne Forrester).

.

.

 

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...