“Yolocausto”

Por Israel Cinman, consultor estratégico motivacional

“Nobleza, dignidad, constancia y coraje. Todo eso constituye la grandeza y sigue siendo esencialmente lo mismo a través de los siglos”, sentenció una vez la escritora y teórica política alemana Hannah Arendt (1906-1975).
El frío mediodía de Berlín me sumerge directamente en una kartoffelsuppe. La sopa de papas, verduras y salchichas es un probado antídoto para calentar el cuerpo tembloroso. Hace tres grados, pero parece menos.
Salgo del bar sopero, ubicado en las inmediaciones de la poderosa puerta de Brandenburgo. Sé que necesito estar templado, pues en menos de 200 metros me encontraré con un espacio que me calará hasta los huesos y no solo por el frío.
Estoy caminando por la Ebertstrabe, marcho lento, mirando los edificios como quien quiere oxigenarse antes de quedar sin aliento.
Empiezo a ver un gentío que ralentiza el paso y hasta se detiene. Me apuro, quiero llegar de una vez.
Emergen delante de mis ojos un mar de tumbas. Son 2711 cubos en 19.000 m². Llegué al Holocaust-Mahnmal.


Ingreso al campo de tumbas por un vértice, tomo conciencia de estar caminando apurado, como si me fuera a encontrar con alguien. 
Siento que me estoy encontrando nuevamente con todos y con nadie. 
El gélido viento al chocar con los bloques genera un silbido ensordecedor.
Los cubos tienen un color gris homogéneo, los hay desde 0,2 m hasta 4 m de alto y de 0,95 de ancho y 2,38 de largo. Una auténtica botonera gigante.
Todo está ordenado, absolutamente ordenado... como fue el proceso de exterminio. 
Cada loseta está ubicada respetando una cuadrícula. Que nada se escape de control... al igual que fue el proceso de exterminio.
El área está accesible al visitante día y noche los 365 días del año... al igual que fue el proceso de exterminio.
Todo impecable, perfecto como si estuviéramos ingresando en una línea de producción... al igual que fue el proceso de exterminio.
Ralentizo mis pasos, empiezo a sentir el agobio de estar perdiéndome, me invade el miedo de no poder salir de allí.
Llegó a una zona más alta. Desde allí puedo distinguir cómo las losetas arman olas en desnivel. Son los mismísimos estados de ánimo de aquellos que pensaron que podían salvarse, mientras que se suicidaban las esperanzas.


Me meto nuevamente en el laberinto, me agobio, me angustio y la tensión hace que transpire en pleno frío. Siento que todo se hace mucho más estrecho, empiezo a necesitar salir de allí. 
Me parece que no puedo hacerlo solo. Recuerdo que vine con Patricio, mi hermano de la vida, no lo encuentro, me inquieto, me detengo, miro para todos lados y de repente nos volvemos a encontrar. Nos abrazamos sabiendo que somos sobrevivientes y que todo esto es memoria para que nunca más vuelva a ocurrir.
Salimos y tocamos bloques, están muy fríos, coincidimos con que el color es el de las cenizas.
Ya afuera, conversamos acerca de algunos que vienen por aquí y se empecinan en sacarse “selfies agradables”, desconectadas de lo que es este terrorífico memorial.
También cómo no hay que quedarse callado ante estas “desconexiones”. 

Rescatamos que el artista Shahak Shapira haya creado un sitio web para conmocionar y educar a las personas para que sientan respeto por este espacio.


Shahak realizó fotomontajes de esas selfies -a las que había encontrado en publicaciones de redes sociales- con el fin de acabar con la tendencia de que todo es risa y narcisismo y que todo escenario es válido.


Nos sentamos en el bar de las inmediaciones y exploramos la incidencia de Shahak Shapira con el lobby digital llamado “Yolocaust”, una combinación entre la popular etiqueta en inglés “Yolo” (“You only live once” o “Solo se vive una vez”) y “Holocausto”. 

Sigo pensando con agobio que cuando no tenemos contexto todo puede ser un pretexto. O que un pretexto es un texto sin contexto. Y que el marco de referencia crea el sentido. Y que si no tengo formación en inteligencia contextual cualquier cosa puede ser tomada como sea. 
Me voy despidiendo, con la mezcla de perderme en la muerte y de saber que vivir significa... nunca permitir que se edulcore las historias dolorosas. No accionar es ser cómplice de la desmemoria y podemos volver a reeditar exterminios.
Fueron un éxito los montajes de Shahak, aunque se sigue necesitando de vigilantes para el respeto de los lugares donde la esclavitud, los sometimientos, las vejaciones, el exterminio y tantos otros sufrimientos ocurrieron. No da para una sonrisa o una pose para la cultura “Yolo”. 
¿Qué memorial de tu país todavía no visitaste?
¿Qué memorial opinás que deberíamos visitar con niños y con jóvenes?
Contame y contanos. Estamos llenos de lugares que estamos “desmemoriando”.

Últimas Noticias

Últimas Noticias de vida-y-tendencia

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...