Cruzar la línea

Por Israel Cinman, consultor estratégico motivacional

 

“Es la falta de participación pública lo que proporciona poder a los corruptos”, dijo el político y ambientalista estadounidense Al Gore.

Los límites son confines que se valen de líneas que se forman por puntos que no se interrumpen. Ya estoy en la zona más caliente del narcotráfico en Europa.

Estoy recorriendo los vapuleados barrios San Bernardo y La Antunara (España).

Las cortinas de las ventanas se mueven sigilosas, en imperceptibles señales. Son las ancianas que se acostumbraron a ver el mundo tras un vidrio. Aquí, los jóvenes se adueñaron de las calles con el importante rol de “puntos”, la auténtica fuerza de avistaje a foráneos no deseados y/o a enemigos o de la competencia que busca nuevos territorios para operar.

El “punto” es un punto en el entramado de las denominadas “familias” mafiosas llamadas “collas”.

Jesús Cañas, el eximio investigador, cuenta que hay más de 40 collas que generan 100 puestos operables cada una. Se trata de un auténtico clúster de narconegocios. Cualquier punto cobra entre 400 y 1000 euros por día. Depende de su antigüedad, experiencia y dedicación. 

La estética de la zona es de excesos. Una maratón de marcas habitan los cuerpos, empezando por zapatillas extravagantes, pantalones derramando logos, camisas desabrochadas, solo por mostrar cadenas doradas como símbolo de haber roto las cadenas del sometimiento de una economía excluyente. Más de un 30% de los jóvenes está en paro laboral y va en aumento. 

Aunque el mismísimo alcalde me cuenta: “Isra, aquí hay necesidad de mano de obra, pero los salarios ofrecidos no pueden ni empezar a competir con el gran empleador de la zona”.

Añade que en estas barriadas los negocios con marquesinas. Quieren emular a la Vía Véneto, en Roma; pero terminan imitando a las callejuelas de suburbios de Rabat, la capital de Marruecos. Ah y en la peor versión.

Mirando al mar, como agradeciendo la prosperidad que de allí ingresa, las marisquerías ofrecen sus mejores frutos y más selectos manjares. Vale volver a aclarar, prosperidad que por allí ingresa, pero que no produce el mar.

Voy más adentro del arrabal. Casas bajas, abandonadas a la par de relucientes viviendas pintadas de colores excéntricos, se entremezclan con amarillos y marrones. Un cartel invita a invertir en un nuevo condominio, buscando seducir con una propuesta que huele más a blanqueo... y no específicamente de cal. Un viejo hospital en estado de abandono oficia de pizarrón para graffitis, donde las bandas hacen literatura urbana y donde las hojas de marihuana adoptan diferentes formas de acuerdo con el viaje que hayan generado en el artista hipnotizado.

Un hombre de unos 50 años, enfundado en un overol más o menos engrasado, camina hacia una especie de kiosco, en cuya vereda parecería que hay un cónclave de “puntos”. 

Nos miran y nos persiguen con la vista un poco perdida. Uno de los centinelas, el que mejor hace el seguimiento, tiene un cigarrillo colgado de los labios, está sin encender. Noto su mano con anillos gordos y cadenas en las muñecas. Tiene los cordones desatados.

El hombre del overol conversa con ellos. Le pasaron un vaso, desde donde beben juntos como colegas de la tribu.

Al lado del raro kiosco, tres negocios de estética en manos, peluquería y alta costura hacen del lugar una rara mezcla de París (Francia) en Nairobi (Kenia). Ya en el paseo mediterráneo, otra confusión aparece, hay buena circulación de Audi, Mercedes o BMW que envidiaría la calle Serrano, de Madrid.

Una de las grandes debilidades egoicas de los corruptos: necesitan mostrar la ganancia, ya que en la carrera del dinero, como sea que se logre y sabiendo que no podrán pertenecer a clases aristocráticas, se regodean haciendo saber que el poder económico está con y en ellos. 

No se es corrupto para ser austero.

Todo espacio tiene una cultura y sus operadores o líderes culturales. Por aquí eso está representado por nombres como los prósperos Castaña, una familia icono en el tema; el poderoso Antón, que desafió a la ley paseándose con un león en la playa; y ni hablar del estratégico y siempre libre, el sagaz Abdullah El Haj, conocido como el “Messi del Hachís”.

Cada uno de estos jugadores lidera el ecosistema de los alijos (tráfico ilegal). Parece que hasta una grilla de tarifas y hasta métricas de efectividad en los cuatro minutos de performance, que es el tiempo en que una narcolancha llega a la playa descarga y se escabulle en la noche.

El menú de empleos es amplio, pero absolutamente medido de acuerdo con la profesionalidad y al riesgo. Así el servicio de un “capitán” de embarcación está en 60.000 euros por viaje, teniendo en cuenta que puede traer hasta tres toneladas a 1.500 euros por kilo. Quien es responsable del GPS de la embarcación, 25.000 euros por viaje.

Un marinero raso, 10.000 euros.

Solo por hacer soporte al desembarco, aportar gastronomía a los “trabajadores” y/o confundir a las fuerzas policiales o aprovisionar combustible, cada operador gana 1.500 euros mínimo por acción.

Los collas que esperan el envío que operan de a decenas, en un auténtico equipo de alto rendimiento, cada participante puede conseguir 2000 a 3000 euros.

El transportista desde la playa hasta el escondite, 15.000 euros. Y el organizador general, que nunca está presente en el proceso, 150.000 euros.

Todo estos números, en una zona donde el paro juvenil está haciendo estragos.

Regreso a dar otra “vuelta” por el paseo marítimo. Me detengo en el reloj de sol, lo investigo, me sumerjo en la historia de sus artistas, encuentro mensajes encriptados, que siempre dejan los que hacen arte por fuera de los museos.

Pronto, el reloj tendrá dos décadas. Lo diseñaron don Juan Muñoz Pérez y don Ángel de la Casa. Una frase poderosa bien arriba: “Sol regit omnia” (“el sol gobierna”). Es una obra cilíndrica, la numeración es románica en su rango horario que va desde las VII del amanecer hasta las V del atardecer, tiene las líneas estacionales y los signos del zodiaco. Está allí, a metros, desde donde la línea de la vida es cruzada por la de la muerte a diario.

Tanta información en ese pedestal intuyo lo que los artistas en lenguaje artístico podrían estar diciéndonos. Por aquí donde tenemos 360 días de sol. Desde el amanecer hasta el atardecer, puede estar todo brillante. 

Después la noche se hace presente, miren por detrás allí, donde están las correcciones y háganlas, no hay nada perfecto, vinimos al mundo a corregirnos y que el otoño no empeñe a la primavera, que el invierno, casi inexistente en estas latitudes, no le gane al verano de la vida.

La línea de la concepción, al frente del peñón de Gibraltar, un lugar cautivante, enigmático y de un poderío único planetario. 

Ahora voy caminando a encontrarme con Juan, el alcalde, un amante de su ciudad, que sin darse cuenta tal vez es la imagen viviente del reloj de sol y su mensaje.

Los mantengo al tanto.

Siempre digo que cuando hay bienes públicos emergen los males públicos, por tu ecosistema ¿cuál mal se está haciendo público?

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