Solo con el corazón se puede ver bien 

Pocos recuerdan que el zorro en su célebre despedida del Principito, expresó “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”. La posteridad solo rescató la segunda parte de la expresión, a pesar del también innegable valor de la primera. Pero ¿a título de qué venimos a recordar esta frase en el Día Internacional de la Mujer? Es que donde ha fracasado la racionalidad quizá debamos recurrir a los sentimientos y dejar que nos permitan constatar las enormes injusticias que han signado la vida de las mujeres a lo largo de la historia, y, fundamentalmente, su triste e incontrastable vigencia en los tiempos contemporáneos. Muchas páginas se han escrito sobre la “invisibilidad” de la mujer, sobre esa permanente desvalorización que hace la sociedad de las actividades realizadas por las mujeres en todos los ámbitos: ¿será que lo esencial es invisible a los ojos? Esa invisibilidad histórica se remonta a la época de las cavernas: pocos saben que las famosas manos pintadas en las cuevas por los “cazadores”, en realidad pertenecen (en un 75%) a mujeres. En ese tiempo el hombre daba por cumplido su débito laboral al terminar la cacería; la mujer (que también ayudaba en la captura de los animales y en su transporte) continuaba con la preparación de los alimentos, el orden y la higiene de la cueva, la confección de la rústica vestimenta, el cuidado de los niños, etc. Actualmente, por cotidiano, tampoco advertimos ni valoramos las tareas diarias que encaran las mujeres y que -en definitiva- hacen posible el andamiaje de la producción capitalista, en un mundo diseñado por y para hombres. Y a esto nos referiremos: a la valoración del trabajo de cuidados en el hogar. 

Trabajo no remunerado

El cuidado consiste en el conjunto de actividades cotidianas que proporcionan bienestar físico, psíquico y emocional a las personas y que permiten su reproducción cotidiana. Los cuidados son un pilar fundamental tanto para el sostenimiento de las sociedades como para la economía en su conjunto. No solo es una necesidad social y un trabajo que debe ser reconocido, redistribuido y debidamente recompensado, sino que también es un derecho: todas las personas tenemos derecho a recibir cuidados y a cuidar, y a poder hacerlo en buenas condiciones. 
El trabajo doméstico no remunerado lo realizan, prácticamente, todas las mujeres. Según datos del Indec, nueve de cada diez mujeres dedican gran parte del día a estas tareas que incluyen cocinar, limpiar, cuidar niños y adultos mayores (solo seis de cada diez hombres realizan estas tareas y también en menor tiempo promedio). El 76% de los trabajos domésticos no remunerados en Argentina son realizados por mujeres. Incluso las mujeres que trabajan full time les dedican más tiempo a estas actividades que los hombres que están desempleados. La mujer tiende a sacrificar aspectos de su vida personal y laboral para cumplir con las demandas de la familia. 
Según un reciente informe elaborado por la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género, (septiembre 2020), el Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerado (TDCNR) representa un 15,9% del PIB y es el sector de mayor aporte en toda la economía, seguido por la industria (13,2%) y el comercio (13%). En total, se calcula que se trata de un aporte de $4.001.047 millones de pesos, valor que resulta de monetizar la gran cantidad de tareas domésticas que se realizan en todos los hogares, todos los días. Por caso, para tener dimensión de los que esto significa, Industria aporta $3.324.163 millones al PBI, y Comercio, $3.267.584 millones. Esta situación se vio agravada con la pandemia: mientras muchos sectores productivos presentaron caídas en su nivel de actividad, el trabajo de cuidados, por el contrario, aumentó su nivel al 21,8% del PIB y muestra un aumento de 5,9 puntos porcentuales con respecto a la medición “sin pandemia”. 
Así como la desigualdad se manifiesta puertas adentro en los hogares, algo similar ocurre en el mundo laboral donde las mujeres ganan un 28% menos que sus pares varones y, al mismo tiempo, enfrentan serios obstáculos para ocupar espacios de decisión producto del llamado “techo de cristal”. Entonces trabajan más, reciben menor remuneración y hasta caminan con miedo por la calle, cuando no sufren la violencia en sus propias casas. Algo tiene que cambiar. Y el momento es ahora. 
 
 

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