La pandemia no se combate con mezquindad y soberbia

El destrato del gobernador bonaerense Axel Kicillof hacia el exfutbolista Matías Almeyda a raíz de la decisión de este de gestionar treinta mil dosis para todos sus vecinos de la localidad de Azul es solo un indicio (un indicio más) de la insuficiente preparación de los principales dirigentes argentinos para llevar adelante una campaña de vacunación.

El padre de Almeyda murió por coronavirus sin estar vacunado. El hijo se ofreció a comprar las treinta mil dosis en EEUU y traerlas al país. En el laboratorio le explicaron que eso no era posible, ya que la vacuna se vende a los Estados. ¿Cuánto hubiera ganado el país en inmunizaciones si cincuenta personas se hubieran ofrecido a comprar y donar una cantidad similar de vacunas? Muchísimo, y el Estado, en lugar de mostrar obstáculos legales hubiera debido acompañar la gestión.

Sin embargo, con su característica falta de estilo y con su obsesión de politizarlo todo, Kicillof le reprochó: "Almeyda no necesitaba hablar con nadie, podía ver las leyes de Argentina y de todos los países del mundo". No es el apego a la Ley, por cierto, un distintivo del gobernador bonaerense.

Almeyda, y todos los argentinos, necesitamos en realidad una población vacunada. La pretensión de privilegiar a la vacuna Sputnik V por sobre las otras y las dilaciones en negociaciones frustradas con Astra Zéneca con Pfizer demoraron la llegada. La campaña requiere de todas las marcas posibles, siempre que lleguen con el aval de la autoridad científica. Kicillof y su equipo se empecinaron en la vacuna de origen ruso. Esa fórmula contaba desde un principio con la garantía del Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, fundado en 1891 en Moscú y que rinde homenaje al científico Nikolái Gamaleya. El presidente Valdimir Putín se apresuró a anunciarla mucho antes de que estuviera concluida, bautizándolo con un nombre de campaña política: Sputnik V.

Para Cristina Fernández, Kicillof y los funcionarios bonaerenses, el compromiso político con Putín pesó más que las urgencias sanitarias.

Ya en enero, el mismo funcionario tuvo un choque frontal con la escritora Beatriz Sarlo, quien rechazó la invitación a participar de una campaña publicitaria para la vacuna rusa. Ni el deportista Almeyda ni la intelectual Sarlo politizaron sus intervenciones. El primero quiso colaborar, motivado por la muerte temprana de su padre. La segunda consideró que la estaban comprando con un privilegio y se negó a sumarse a una campaña política que saca provecho de la pandemia.

El plan nacional de vacunación, que invocó Kicillof en su ataque a Matías Almeyda no se ha cumplido al pie de la letra. La primera línea de vacunación, como barrera principal para frenar los contagios, eran unas 800.000 personas que se desempeñan como personal de salud en contacto con pacientes. Y, simultáneamente, los mayores de 80 años. Luego, los mayores de sesenta y determinadas poblaciones en situación de riesgo. En la provincia de Buenos Aires proliferan los jóvenes militantes oficialistas vacunados, que no reúnen ninguna de esas condiciones.

El avance de la vacunación, en todos los países, tiene sus tiempos. Ya llegaron 12.200.000 dosis, se esperan otros cuatro millones para los próximos días y han sido aplicadas 9.700.000 unidades. La vacunación es la clave para terminar con este flagelo inesperado. Y es imprescindible una conducta solidaria.

Una campaña sanitaria no admite exabruptos ni equívocos, sino seriedad. Una estrategia politizada no piensa la salud, sino cómo captar votos. En consecuencia, es impropia y puede resultar un bumeran.

Lo que la ciudadanía necesita y pide son vacunas, seleccionadas sin preferencias geopolíticas, sin escenografías electorales, con la seguridad es que se trata de productos con garantía de calidad y de que la atención clínica, en todas las provincias y localidades, va a ser la que corresponde.

Vale repetirlo: ojalá hubiera muchos argentinos que, como Matías Almeyda, estuvieran dispuestos desinteresadamente a comprar vacunas para sumarlas a la campaña nacional. El suyo es un ejemplo genuino de solidaridad social.

 

 

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