Cada vez que se habla de juicio político se desatan pasiones, cargadas de negatividad o anhelos de densidad moral, dependiendo del lado del mostrador, oficialismo u oposición. Ni qué hablar cuando se trata del presidente de la Nación, en un país que se destaca por el rol protagónico de esa figura.

Por lo pronto, no hay antecedentes en presidentes, salvo el caso de Ortiz, que renunció antes de ser destituido, conocedor de mayorías adversas en el Congreso, y aquejado por una ceguera a causa de la diabetes, que más de un sicofante asoció adrede con una enfermedad venérea inexistente.

El nombre lo dice todo y permite encuadrar adecuadamente el instituto más allá de las pasiones: es "político", es decir que excede por definición los límites estrictos del tipo penal, que por razones obvias descarta cualquier elasticidad subjetiva.

No es el caso acá, en el que precisamente es al parecer, la interpretación y mirada políticas las que le dan continente a un contenido doble fundamento: inhabilidad física y moral. En este caso, desde tres miradas posibles.

En primer lugar la ejemplaridad. La potencia de los valores está devaluada en Argentina. Desde hace rato, uno de nuestros mayores problemas. El Presidente tiene antes que nada el deber de dar el ejemplo. Ese es el vértice en el que se apoya la entereza moral que debe tener en el ejercicio del cargo. Lejos de ser un ciudadano, es "el" ciudadano.

Es aquí donde la frivolidad fotográfica toma todo su espesor y deviene argumento: representa mucho más que el rejunte de asistentes de figuras del espectáculo, y es la expresión de lo que un Presidente no debe ser ni hacer.

En cualquier marco axiológico hay un valor que sobresale: la vida. La opacidad en el proceso de compra de vacunas, de cabo a rabo, es la causa fundamental de muertes, muchas muertes.

No está claro si fue un cúmulo de decisiones torpes, animadas por el favoritismo, el ánimo de lucro, miradas geopolíticas o una suma de todo. Lo cierto y concreto es que evidencia incompetencia, negligencia y arbitrariedad, por donde se lo mire.

Para rematar, la sustitución de funciones. El sistema republicano se asienta sobre un eje central que es la división de poderes, que sobreentiende un orden de jerarquía en las funciones, sin la que no hay legitimidad posible.

Un presidente que desde antes de asumir consiente sustituir y subordinar sus atribuciones, infringe el orden constitucional, de manera ostensible y grave.

El presidente es Presidente, no vice. Y el vice es vice, no Presidente.

Tal vez acá está el origen del problema, en la fecundidad de la mentira: el Presidente actor de reparto.

Para otros quedan los análisis de la conveniencia o no. Lo cierto es que causales para juicio político hay.

Y también es cierto que se trata de un instituto que, puesto a funcionar, de mínima tiene capacidad correctora y de encuadramiento republicano para la hybris que suele extasiar al poder.

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