Federico Suárez no es un salteño futbolero y fanático de Boca más. Su vida no fue para nada fácil y estuvo rodeada de tintes dramáticos y plagada de dificultades. Sin embargo, canalizó su pasión, reconvirtió su vida, renació y salió adelante dedicándole una década de su vida a trabajar en pos de un sueño personal que lo convirtió en único, entre millones de simpatizantes y seguidores: edificar un museo de Boca Juniors en su propio hábitat, que dio la vuelta al mundo entero, al que asistieron las máximas glorias xeneizes y que es visitado por cientos de turistas y curiosos, a partir del cual generó además un polo solidario, benéfico y social, ubicado en la zona oeste de la capital salteña.

Federico tiene 40 años y nació en Salta, pero por circunstancias familiares a sus 12 años tuvo que emigrar a Buenos Aires, donde no solo gambeteó el desarraigo, sino también la pobreza, donde para ganarse el plato de comida debió patear, literalmente, la calle.

Vendió en el subte, en las estaciones de tren y desde su más tierna edad tuvo que sobrevivir como podía en aquella jungla de cemento. Allí, un día, caminando solo, llegó hasta el barrio de La Boca y tuvo que franquear decenas de negativas y medidas de seguridad para pisar el césped del que él considera su templo sagrado, la Bombonera, y para conocer a sus ídolos de aquel entonces, en la década del 90: el Manteca Martínez, el Beto Márcico y Blas Giunta.

Varios años después, a sus 21, Federico volvió a su Salta natal a reencontrarse con sus raíces. Aquí se casó y años después le tocó sufrir otro golpe: una separación que lo afectó mucho y tras la cual, según su conmovedor relato en diálogo con El Tribuno, hasta estuvo privado de ver a sus hijos. Y cuando parecía tocar fondo en aquella casa donde todo le recordaba a su expareja, su amor por Boca lo salvó, según él describe. 

Transcurría el año 2011 y comenzó entonces a reconstruir aquel “nido”: se dedicó a recolectar todos los souvenirs que él supo atesorar desde muy pequeño: entradas, fotos con ídolos, camisetas firmadas y demás retazos de la gloriosa historia xeneize. Luego adquirió las réplicas de cada una de las copas internacionales que obtuvo Boca, a lo que le sumó banderas, bombos, redoblantes, escudos, una maqueta exacta de la mítica Bombonera e impresionantes murales que caracterizan al “Jugador Número 12” y a los ídolos boquenses, además de una ornamentación que asemeja el patio de su hogar a Caminito, en el barrio de La Boca. Y así edificó en la locación que alquila y donde vive hace más de una década, un museo de Boca inédito en Latinoamérica y en el mundo. 

Y lo mejor de todo es que a partir de su inédita edificación generó una red solidaria espontánea, ya que el museo no percibe fines lucrativos: para ingresar, los visitantes colaboran con alimentos no perecederos que Federico, y su agrupación Los Bosteros de Salta, destinan a merenderos y comedores de zona oeste y demás barrios vulnerables.

“Boca es mi vida, mi motivación para salir adelante y para laburar por mi sueño. Ese amor me salvó la vida en mi peor momento y hoy me llena de orgullo saber que un chico de la calle que salió de su casa a los 12 años para ganarse el pan, hoy haya podido cumplir lo que cumplí”, le expresó Federico a El Tribuno.

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