En la peor de las  crisis, la abuela tuvo que retarlos

Los párrafos siguientes tienen poco de originales porque la simple idea que gobernar desde el caos es imposible, es tan obvia como cierta, y tan actual como profética. En la lentitud del Gobierno la ansiedad del pueblo y los millones de tuits que confirmaban cambios bruscos de gabinete me queda resonando una conversación que repasaba la historia del país.

Por un lado, remarcaba que esta crisis no tiene nada de novedosa y quizás tampoco sea de las más graves, pero el interlocutor replicaba que por lo menos de las crisis pasadas hemos sabido que puerto han tocado. En esta, por ahora, no. Y queda más que claro que la premonición de la sociedad ya descartaba un punto de tensión, y que, claro, los mercados no creen en nombres, pero sí en señales que refuercen una expectativa.

Los últimos seis meses pospandemia mostraban cifras de crecimiento dispar, precios primarios elevados, inflación galopante, y metas del Fondo Monetario Internacional cada vez de más difícil cumplimiento. Todo antes de la guerra. La cuota de volatilidad entregada por la invasión rusa dejó en claro que la globalización existe y que los países emergentes hace mucho que no logran despegar.

Las ambivalencias del mercado, de los flujos de capital y el encarecimiento de consumos primarios para el desarrollo económico desnudan que la Argentina (y Salta) es un país rico con líderes improductivos, para decir algo. La invasión rusa no provocó la salida del ahora exministro de Economía. Salir del círculo íntimo de poder es justamente eso, una cuestión de poder. Ni los medios ni los números en rojo, y ni siquiera una llamada desde Washington hacen más que un ataque en público desde un espacio de poder hacia otro, con la intención de fagocitar, disminuir y dejar en ridículo; tanto como, aún con poder, las decisiones se toman en otro lugar.

El súper-híper presidencialismo argentino, con capital en Buenos Aires, es por donde transcurren los sistemas tácitos o invisibles de poder. Guzmán fue, por sobre todo, un peón más en ese juego.

Es lamentable usar la palabra "juego" para caracterizar los últimos días, pero es la mejor descripción posible. Un juego. Tal es el punto de lo lúdico que una abuela -Estela de Carlotto- tuvo que salir con delantal y escoba a "retar" a los no tan niños, al presidente como a su vice, elegidos por el pueblo para dirigir los destinos del país; a retarlos para que se atiendan el teléfono.

­Y tanto que les gusta hablar de próceres y momentos cumbre de decisiones para la mayoría!

­Si viviera Güemes!

El juego que nos tiene de rehenes se desarrolla en todos los bandos de la política argentina que se analice. Acordémonos también el juego de la administración opositora, anunciando en un mensaje grabado la decisión de contraer la deuda soberana más grande del FMI. Ni siquiera una pregunta se pudo colar en la verticalidad de una decisión a cuestas de un país. Ese juego, que pasa por egos, tensiones propias y testarudez, por tener razón por sobre todo, tiene más sentido en cualquier ámbito profesional, menos el del servidor público.

Hagamos memoria, ¿han demostrado las últimas horas qué tan en serio se toman al pueblo? Tomarse en serio al pueblo no es un eslogan de campaña, sino una realidad constitucional que deben cumplir todos los líderes electos. El nivel de preocupación y ansiedad de millones fue solucionado con un tuit, pasada la noche, y encima mal escrito, por la portavoz del Gobierno. Tan mal escrito que ni siquiera logró lo más simple: escribir bien la palabra "economía". Pero tampoco logró hacer algo todavía más importante: dar certezas.

Un escenario de certeza, sabiendo lo que se vivió en los días de un fin de semana fatídico, podría haber incluido varios planes de contingencia y de demostración de orden. Por ejemplo: la gestión de las renuncias de cualquier peso importante del gobierno. Este punto no es nuevo con la renuncia de Guzmán. La gestión de renuncias de miembros con volumen político y de gestión deben hacerse con tanta coreografía como la que se utiliza para nombrarlos. Recordemos la salida de Losada, de Kulfas y de Cafiero como jefe de Gabinete.

En cada momento de tensión importan los movimientos que muestran si el poder reside en quien toma la decisión o en otro lado. Se sabía con, por lo menos, varios meses de antelación que las críticas de la vicepresidenta y otros elementos de la coalición contra Guzmán iban en crecimiento, enfrentamiento y volumen. Ante este escenario, aun sin tener reemplazo (o no querer transparentar las opciones para no dañar aún más la estabilidad del exministro), el Presidente, o su (inexistente) jefe de Gabinete, como mínimo, tendrían que haber acordado las formas, los momentos y los mensajes de renuncia del jefe del ministerio más importante del país. La caja de resonancia de lo que ocurre en el Palacio de Hacienda repercute a miles de kilómetros de Buenos Aires, pasando por Salta, hasta Washington, Singapur o Shanghái. Seguro que en Francia también, donde se esperaba un acuerdo de reestructuración de la deuda con el Club de París. Entonces, sabiendo los efectos que causa el desequilibrio de autoridad en la matriz económica, el presidente, su entorno, deberían tener un protocolo de gestión de renuncias para minimizar la polémica, el desorden y controlar la narrativa. Ahora, renunciar por redes sociales en medio de un discurso de la vicepresidenta sin tener un reemplazo viable y sabiendo que el mercado descarta una crisis es simplemente falta de ganas de servir al pueblo. Un juego. Quedará genial en la épica profesional que una carta de renuncia sea un trending topic, pero ­qué pequeño es dejar que el ego le gane al deber público, poniendo las ansias de revancha por sobre todo, las ganas de retrucar a quien genera tu caída!. La mayoría de las veces es mejor hacer lo debido que tener razón. Tal fue el desastre de gestión que ni el presidente estaba en Olivos cuando las notificaciones aparecían en su teléfono.

¿La alternativa? Conferencia de prensa el lunes, con el presidente y la vicepresidenta dándole gracias al ministro saliente, presentando a la ministra entrante, demostrando certezas del rumbo y ofreciendo la narrativa de enroque, en vez de la patética imagen de un presidente empacado y una vicepresidenta esquiva. Controlar el momento, sobrepasar la crisis es un ejercicio de consensos que demuestren que las variables están bajo control y que la autoridad tiene peso específico.
El segundo momento de esa conferencia de prensa que nunca ocurrió podría haber sido la recepción de todo el gabinete de ministros para una jornada de reflexión, encauzamiento de las prioridades de gestión y conformación de los ejes clave al corto plazo.
¿Algo más? Sí, conferencia de prensa con preguntas posteriormente anunciando los pilares del programa de gobierno con toda la explanada política de la coalición gobernante y en conjunto con autoridades institucionales de todos los partidos políticos. Que las ausencias sean notorias, también es estrategia política. De ahí en más, una inercia nueva de gestión que demuestre la certeza con cada proyecto de ley, acto o campaña de gobierno. ¿Por qué es inimaginable pedir un rol más activo del Consejo Económico y Social como terreno neutro de debate previo al Congreso? ¿Por qué no se toman lecciones de la política comparada para darle volumen en la diversidad política al gabinete de ministros como responsables de la gestión? ¿Por qué no se cumple la Constitución pidiendo al jefe de Gabinete que ejerza como está estipulado? Los instrumentos, las ideas, e inclusive los instructivos ya existen hace rato. Lo que no existe son las ganas de dejar el ego afuera y entrar al poder con hambre de gloria. Las alternativas no ocurren automáticamente o como resultado del reto de la abuela para dejar de romper las paredes.
Si algo han enseñado las 27 horas sin ministro de Economía es que, sin importar el signo político, la dirigencia democráticamente electa no está a la altura de sus responsabilidades. Para ellos un juego, para el resto un drama.
Creo que esta última crisis, la tercera de importancia de este gobierno, es la última chance para la coalición gobernante de redimir sus ideas de “unidad”. Amén de las variables financieras, lo que se espera es la certeza de que las autoridades den las señales políticas correspondientes que les pide, si no el pueblo, la Constitución.
 
 

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