Interrogantes sobre el reinado de Carlos III

Hay décadas cuando nada ocurre y semanas cuando suceden décadas. Lo ocurrido en estos días sería el caso, no solamente por la muerte de Elizabeth II, sino también por la de Mikhail Gorbachev, el último líder soviético. Productos de sus eras históricas, el mundo que hoy los despide es marcadamente otro; un mundo que es resultado, también, de sus errores. En Rusia, con pocos laureles, la despedida fue más bien tenue, breve y marcada por la presencia histórica del nuevo Tsar. En el Reino Unido seguro tendrá su cuota de mística real, de tradiciones centenarias y el pululeo del último chisme. Será más bien el paso a la inmortalidad de una figura construida en la cercanía pero totalmente alejada de la realidad.

Son estos momentos de fin de era que dejan más preguntas sobre el pasado y aún más interrogantes sobre el futuro.

Mientras Rusia invade a un vecino, el Reino Unido se convierte súbdito de Carlos III, un rey que nació jubilado y terminará sus días trabajando. La disonancia entre un momento emocional y las urgencias de la realidad también demuestran que lo que sobrevive no es más que la mitología, porque si de obras se tratara, tanto en Rusia como en el Reino Unido, habría más derrotas para contar.

Aun así, el mundo entiende que el momento histórico es significativo, y hasta podría ser determinante. Claro, mirar la historia no es ver un patrono de conducta de décadas, si no de siglos. Por ejemplo, hace 100 años nadie se hubiese imaginado que el rey Carlos III -cabeza de la iglesia anglicana- sería un señor divorciado. Dentro de lo que poco importa el estado civil particular, si tiene un efecto considerable entender la evolución de conductas, de tradiciones y de construcciones totalmente humanas por sobre estándares que vienen a la conveniencia y al instinto de preservación. Era poco probable, inclusive hace décadas, pensar en la proclamación de una república en Barbados, dejando de lado a Elizabeth como jefa de Estado. También era impensado vivir en 2022 la guerra más grande en el continente europeo después de la Segunda Guerra Mundial. Por eso la importancia de ver con sentido histórico los cambios de era para poder intuir el proceso de cambio y no ser apabullado por su novedad. Por supuesto que el mismo análisis le cabe a la Argentina y a Salta. Los fines de era también llegan a las polarizaciones políticas, las confrontaciones dogmáticas y el hartazgo social a la falta de progreso. Saber discernir las fuerzas de esos cambios es una parte más bien importante de la calidad de liderazgos. Predecir no es ser futurólogo, es ser sensible a la realidad.

 

Por ello, dentro de este análisis, específicamente para el Reino Unido se abren interrogantes que el cambio de era predice con fuerza. Primero, el debate constitucional de la función monárquica. Es poco probable un neo-Interregnum como el que ocurrió entre 1649-1660, siendo el Reino Unido una república. Pero sí es posible entrever un escenario de debate arduo y quizás hasta parlamentario del arreglo constitucional de la monarquía. Esto sugiere achicar el presupuesto público para mantener a la familia real, la determinación de hasta donde llegan esos beneficios dentro de esa familia numerosa, la eliminación de reglas ceremoniales (por ejemplo, el rey debe dar su aprobación a toda ley), y un aumento más pormenorizado del control de las finanzas privadas del entourage real que se beneficia de sus contactos públicos y privados. Sin ir más lejos, es posible también pensar en la eliminación de títulos nobiliarios hereditarios como también la apertura a la venta de terrenos fiscales en manos de la aristocracia británica.

El debate constitucional fue en otras épocas una forma de evitar el colapso de una sociedad basada en principios de igualdad. En la década del 1960, con una jovencísima Elizabeth, la abolición como política de estado fue debatida en el parlamento, por supuesto para derrocarla.

Durante sus 70 años de reinado, Elizabeth II logró demostrar cierta utilidad. La misma hipótesis no parece tan firme con Carlos III. Mas allá de situaciones personales, como su relación con Lady Diana, su imagen y conducta son propias de series de televisión. Una realidad que es un abismo comparado con el resto del país, que ahora, supone reinar. Carlos III no tendrá que convivir con la presión de los primeros 100 días de "gestión" pero una mirada atenta a cualquier traspié para dar curso a la pregunta capciosa sobre su utilidad.

La fragmentación o posible desaparición de la Mancomunidad de Naciones (o Commonwealth of Nations) es un segundo escenario posible. En 2018, en la última reunión general con Elizabeth II, la declaración de Londres afirmó que Carlos sería el sucesor como jefe de estado de 14 naciones dentro de la agrupación de 54 miembros. Fue un pedido explícito de su madre en una ronda de diplomacia personal a puro té y torta. Hoy, Carlos III es la cabeza de la organización y jefe de estado en Antigua y Bermuda, Australia, Bahamas, Belize, Canada, Grenada, Jamaica, Nueva Zelanda, Papua New Guinea, Saints Kitts y Nevis, Saint Lucia, Saint Vincent y Grenadines, Islas Solomon y Tuvalu. La Commonwealth es parte del resabio o resaca imperial del Reino Unido donde en 1926 la formalización del grupo fue para contener ansias independentistas. No solamente nunca logró frenar la independencia de naciones bajo el viejo imperio, sino que tampoco es un actor relevante en la geopolítica. Hoy el Mercosur tiene más peso que la Commonwealth.

Carlos III ya fue advertido. En noviembre 2021 Barbados abandonó a la reina convirtiéndose en una república. Se estipula que Jamaica, Bahamas y ahora Australia, bajo el gobierno laborista, sigan los pasos de Barbados. En términos políticos, la significancia sería simbólica porque en términos prácticos, más allá de la dependencia colonialista histórica, todos los países bajo Carlos III tienen una vida institucional alejada de cualquier incidencia monárquica. Pero, no dejaría de ser un problema. Expertos legales que estudian al Commonwealth estipulan que varias constituciones deberán ser reformadas para dar paso al "Rey" reemplazando a la "Reina". Tal cambio, hasta cosmético, puede ser riesgoso. Si un país elige cambiar su Constitución, quizás la cambie para ser república y así nunca más tener el problema, ni legal ni histórico. Tal proceso podría dejar a Carlos III en la historia como el rey de la discordia.

Por último, el problema más urgente es la independencia de Escocia del Reino Unido. En 2014 el referéndum de independencia terminó con el 55% en la negativa y 45% en la positiva. Lo que se pensó como un referéndum único sin posibilidades de repetición, en 2022 los motores del segundo ya están prendidos. Hace 10 años gobierna en Escocia el partido nacionalista con una mayoría absoluta y como eje de campaña el sueño de ser una república asociada a la Unión Europea. Las grandes diferencias de calidad de vida entre Inglaterra y Escocia, el Brexit del 2016 y la nueva victoria en las elecciones de 2019, le dieron al partido nacionalista demasiadas razones para llamar para octubre 2023 al segundo intento de independencia. En el primero, en 2014, la reina jugó para ella. Aunque sin poder hacer campaña, pero a través de sus contactos privados se dejó transcender su negativa ante el intento de quitarle su casa de verano favorita en Balmoral, donde justamente falleció. Sin el efecto real, y con un Carlos III resistido en Escocia, el umbral emocional quizás termina por ver a Escocia separarse del Reino Unido después de siglos de hermandad, para algunos historiadores, forzada. La independencia de Escocia sería un problema estratégico mayor para el poder centralista de Inglaterra. Lo seria por motivos económicos (la mayoría de la energía verde se produce en Escocia), militar (los submarinos nucleares están allí) y política: Gales seguiría por el mismo camino. Sin Elizabeth y su imagen tierna de anciana evocando que todo pasado siempre fue mejor, quizás el futuro europeo sea definitorio.

Después del accidentado paso de Boris Johnson, y con una economía descontrolada, la alarma política que mira los riesgos del reinado de Carlos III suenan al mismo tiempo que las campanas de Westminster despidiendo a la reina.

Por eso, los cambios de época, de era, deben ser analizados con detenimiento. Sobre todo, para encontrarte preparado. Siendo tan famosos por su previsión, veremos qué tan preparados están los británicos en esta era carolina.

 

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