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El conflicto como agenda

Jueves, 04 de abril de 2024 01:38

A más de 100 de días del gobierno megalibertario de Javier Milei surge un descubrimiento un tanto obvio: el conflicto es la agenda. Desde diciembre hasta acá no podemos encontrar en los actos de gobierno o las acciones de gestión premura de paz o de convicción de acuerdos. Hemos visto, y veremos aún más este mes de abril, daños calculados al sistema económico, al parlamentario, al de justicia y hasta al de política exterior.

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A más de 100 de días del gobierno megalibertario de Javier Milei surge un descubrimiento un tanto obvio: el conflicto es la agenda. Desde diciembre hasta acá no podemos encontrar en los actos de gobierno o las acciones de gestión premura de paz o de convicción de acuerdos. Hemos visto, y veremos aún más este mes de abril, daños calculados al sistema económico, al parlamentario, al de justicia y hasta al de política exterior.

El votante de Javier Milei no votó la desmesura ni el conflicto. Votó el cambio radical y drástico a tantas décadas de estancamiento, de productividad nula y falta de soluciones a los problemas más básicos del bolsillo y de seguridad. El votante de Milei no votó el conflicto que hoy recibe en sus boletas tarifarias, en redes sociales o la constante forma de ver la política como confrontación de dogmas. Quien ve el conflicto como agenda, como vía política de escape, es el mismo gobierno.

Un repaso breve encuentra a un ministro de Infraestructura eyectado, al sector artístico entero demonizado, a la devaluación de la moneda más importante desde el 2011 y la versión antidemocrática que sostiene que los votos del Congreso pertenecen a gobernadores o que pueden ser embestidos si no comulgan con la versión oficialista. Todo esto es conflicto. Pelearse con Lula, Gustavo Petro, Andrés López Obrador o Xi Jinping es parte de lo mismo: mejor crear conflicto para instalar en la agenda una posición altisonante, firme, de carácter explícito. Pero ¿por qué habría el gobierno de recurrir al conflicto para marcar agenda? Porque moviliza.

Cultivar la grieta

El factor conflicto tiene dos herramientas muy utilizadas en los sistemas políticos democráticos con rasgos claros entre oficialismo y oposición. Una herramienta es la contrastación absoluta de modelos llevándolos al extremo de crear violencia a costa de marcar la diferencia. Por ejemplo, si la política exterior del presidente es "antisocialista", no hay mejor cosa que atacar a los símbolos que representan a esa idea. No es casualidad que Milei, y después su gobierno, use contra Petro, el presidente de Colombia, los mismos calificativos que aplicaba contra Patricia Bullrich durante la campaña presidencial. Las formas importan, pero el mensaje aún más: estoy dispuesto a la hipérbole para demostrar mi posición. Claro, eso no es lo mismo que confirmar que esa posición tenga razonabilidad, decencia o civismo. Lo que importa es llamar la atención, crear el sisma, introducir la diferencia y capitalizar lo que uno es a costa del otro.

La táctica también fue utilizada en el Congreso. Los que no votan el megadecreto 70/2023 son traidores. Los que sí lo hacen, son benefactores de la Patria. Los que no, responden a intereses espurios que conspiran contra el bien del pueblo. Los que sí, son herederos de Alberdi. El reduccionismo de simplificar cualquier tema complejo y reducirlo a la demonización. Así funciona la maquinaria comunicativa y política del gobierno, que parece utilizarla a la perfección para no incursionar en la rendición de cuentas por errores propios. Es más fácil contrastar desde la hipérbole que arrimar al debate público la conveniencia para el país sobre si es bueno o malo privatizar Arsat o desguazar el Conicet.

Puesto de otra manera: no importan los detalles, importa la épica.

Claro, los que estudian política comparada saben que sin los detalles lo que queda es retórica. No vamos a poder ser Irlanda en 15 años solo con retórica. Y es aquí donde aparece la segunda herramienta: el conflicto como agenda también sirve para distraer mientras se brinda entretenimiento.

Cuando hay conflicto pasan dos cosas: se acrecienta la tensión y se enfoca la comprensión. El conflicto nos atrapa y nos obliga a querer saber más o por lo menos saber lo suficiente para tomar partido. Lo que el país pone actualmente ante nuestros ojos es la sobredimensión del conflicto como estrategia de entrenamiento. ¿Qué es más entretenido: un video conmemorativo quasi-rememorando la dictadura militar o determinar las pensiones por decreto? Para cada acción de gobierno de alto impacto social, la existencia de un conflicto distrae. Cuando el país atraviesa una situación con el 46% de pobreza y 60% de pobreza infantil, es más entretenido discutir si realmente Conan vive que si tenemos las herramientas para solucionar una verdadera catástrofe social. Distraernos con el pacto de mayo para negociar sin el Congreso la cesión de poderes. O preferimos tildar de asesino a Petro que preguntar si la ministra Mondino tiene alternativas al swap con China. El ministro Luis Caputo opinó con más certeza de la debilidad táctica del equipo de Martín Demichelis que de un plan de crecimiento que deberíamos tener para sacar el país adelante.

La distracción alienante

Distraer con el conflicto para llevar con aceleración la agenda paralela, técnica, difícil, y hasta potencialmente dañina. De todo lo urgente y necesario, sabemos más de las capacidades reducidas del Estado que de cómo exactamente el mercado irá a reemplazar décadas de experiencia en el manejo coordinado de las instituciones. Distraer cerrando el Inadi sin explicar realmente cuál es, si no el Estado, la oferta de la escuela austríaca para asistir a víctimas de violencia y discriminación.

En fin, sobrados ejemplos de una forma de ver la política como la vio Trump: mientras se deciden cosas importantes, mantener la batalla cultural y el conflicto en la agenda para polarizar sobre obviedades sin tener que discutir lo importante. Ya vimos una muestra del naufragio de esta estrategia en el Congreso con el DNU, pero de nada consta que, al correr el tiempo, el debate se diluya en columnas de opinión como esta que seguramente será o muy larga, o muy técnica o abstracta para influir en el debate.

También es justo decir que lo que hoy vivimos es resultado de los últimos 20 años de escasos debates democráticos con altura y facilismos económicos que nos dejaron en la ruina. De todas maneras, no dejarse distraer es tan difícil como bajar el teléfono por más de 10 minutos. Estamos acostumbrados -ya lo comprueban los neurólogos- a la satisfacción automática, a la dopamina flotante y circulante. Aún así, el esfuerzo es necesario para no caer en la trampa de la distracción y hacer lo que más importa: preguntas. Darnos el lujo de saltar el debate vacío e ir al corazón de la cuestión a base de dudas que interpelen. Al no tener respuesta, habremos descubierto la trampa. Descubierta la trampa, proponer debate a base del mérito de las ideas, sin dogmas, sin Conan, sin Dylan.

 

 

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