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En Esteco y La Rioja, a las seis de la mañana, cuando la ciudad todavía está medio dormida y el movimiento empieza a insinuarse en las veredas, Eduardo Fernández ya está en su puesto. Tiene 65 años, habla pausado y sonríe fácil. Mientras acomoda termos, panes y tazas, repite una idea que resume su forma de trabajar: "Acá no hay porciones. Es servicio libre". Y aclara enseguida: "Pagás la bebida y después comés tranquilo, a gusto".
Eduardo vende desayunos desde hace nueve años, pero lo suyo va bastante más allá de un café caliente. "La gente se queda charlando, se ríe, comparte", dice. Y no exagera. Cada mañana se arma una pequeña escena cotidiana: chistes, bromas, comentarios sobre la noche anterior o sobre el día que empieza. "Siempre tiro algún chiste. La idea es que arranquen el día con una sonrisa", cuenta.
Antes de esto, Eduardo fue albañil. Trabajó durante años en la construcción hasta que un día decidió cambiar. "Yo quería probar la libertad de trabajar por mí mismo", recuerda. No hubo un hecho traumático ni una urgencia extrema. Fue, más bien, una necesidad personal. "Quería ver cómo funcionaba el sistema, si valía la pena o no", explica.
El comienzo fue modesto. "Arranqué con la bicicleta", dice, casi como al pasar. Con el tiempo, la bici quedó chica. "Había que armar algo más grande", cuenta, señalando la moto y el equipo con el que hoy se instala cada mañana. El crecimiento fue lento, sostenido y sin atajos. "Esto siempre funcionó boca a boca. Nunca hice publicidad", remarca.
Eduardo conoce bien a su clientela. "Tenés tres tipos de clientes", enumera. "Los fijos, los esporádicos y los circunstanciales". Los primeros llegan casi todos los días y ya son parte del ritual. Los otros aparecen cuando pueden. Y están los que pasan, miran, se sorprenden con el sistema y se animan. "Ven el movimiento y se arriman", dice.
El horario es siempre el mismo: de lunes a viernes, de 6 a 11 de la mañana. "Después se termina", afirma. En esas horas pasan trabajadores que arrancan su jornada, chicos que vuelven de bailar y personas que van directo a cumplir con sus obligaciones. "Acá viene gente de todos los niveles", subraya. "Desde doctores hasta laburantes. Todos iguales".
El sistema es simple, pero requiere confianza. Se paga la bebida y luego cada uno se sirve. "Para comer acá es pan libre", aclara Eduardo. "Para llevar, tres o cuatro panes, nada más". Alguna vez alguien intentó aprovecharse. "Pasó, pero fueron casos contados. La mayoría entiende", asegura.
El menú es amplio: café, café con leche, chocolate, capuchino, mate cocido, té de todo tipo. Todo servido en vaso grande. El precio es accesible. "El desayuno no es malo y el precio tampoco", dice, con una mezcla de orgullo y modestia. Para él, la clave está en que la gente se vaya conforme.
Cuando se le pregunta por el contexto económico, Eduardo responde sin dramatizar. "Todo es cuestión de cómo administres cada cosa", reflexiona. "Yo estoy bien, gracias a Dios. Poco o mucho, pero trabajando. Eso es lo importante". No tiene otro empleo ni busca sumar horas. "Esto es lo mío", afirma.
Su historia personal aparece sin golpes bajos. Está separado desde hace veinte años y tiene tres hijos. "Esto sirve para sobrevivir el día a día", dice, sin grandilocuencias. No habla de sacrificio ni de heroísmo. Habla de trabajo.
Hay gestos que no figuran en ningún cartel. Si una persona en situación de calle le pide un café o un té, Eduardo no duda. "Si me piden, se los doy", cuenta con naturalidad. Para él no es un acto extraordinario, sino parte de la convivencia diaria. "Estamos todos acá", resume.
Sobre el futuro, Eduardo no hace planes. "No tengo un sueño con el negocio", dice, sin rodeos. "Mi sueño es la felicidad". No piensa en agrandarse ni en cambiar el sistema. "Yo disfruto el momento y lo que tengo hoy".
Vuelve a servir café
Para muchos clientes, Eduardo ya es parte del paisaje. "Si un día no vengo, me preguntan qué me pasó", cuenta entre risas. Algunos llegan apurados, otros se quedan charlando más de la cuenta. "Acá nadie se va serio", asegura. Y vuelve a servir café.
Cuando termina la mañana, guarda todo y se va. El lunes regresa puntual, a repetir el ritual. Sin promesas de crecimiento ni discursos grandilocuentes. Solo café caliente, pan compartido y la convicción de que, en medio de la rutina diaria, un desayuno puede ser mucho más que eso: una pausa, una charla y un momento de libertad elegido.