A 90 años del golpe militar que derrocó a don Hipólito Yrigoyen

Hace noventa años -según una crónica de la época- “una fuerza encabezada por los alumnos del Colegio Militar de la Nación, cuyo paso cerraba una columna de camiones que transportaba civiles, tomó la Casa Rosada y depuso al vicepresidente en ejercicio, el Dr. Enrique Martínez. Encabezaba aquella fuerza militar, el general José Félix Uriburu, quien tomó el poder y se preocupó por imponer un cambio de estructuras de tipo corporativista similar a la de Mussolini”.

En tanto, el presidente Hipólito Yrigoyen, el día de su derrocamiento se encontraba en su vieja casa de la calle Brasil. Y como desde los últimos días de agosto sufría un proceso febril, por prescripción de su médico personal, el Dr. Meabé, cumplía reposo absoluto. Por eso, días antes, había delegado el gobierno al vicepresidente, Dr. Enrique Martínez.

“La revolución está en la calle” dice Manuel Gálvez -uno de los biógrafos más objetivos de don Hipólito-. Se la espera de un día para el otro. La gente adquiere provisiones. Un comerciante vende canastas que llama “Revolución”. Se han visto adolescentes transportar fusiles. Y “Crítica” y otros diarios predicen a cara descubierta la revuelta. En Entre Ríos un senador pronuncia estas palabras que recorren todo el país: “Estamos al borde de la revolución. Falta la chispa engendradora. Que se atrevan asaltar (intervención federal) Entre Ríos, y la bandera de Urquiza volverá victoriosa a flamear en los campos de Caseros”.

Pero, ¿quiénes están detrás del movimiento revolucionario? Se sabe que el general Uriburu, a quien la policía vigila, dirige la sublevación militar. En tanto en “Crítica” se incuba una de las direcciones de la revolución civil. Luego de la caída de Yrigoyen, “Crítica” confesará que la revolución “se gestó” en su casa.
Pero eso no es todo. La Cámara de Diputados y el Senado no funcionan en lo que va del año. Pasan las horas y los días discutiendo por ejemplo, los resultados electorales de las provincias. “La politiquería y la esterilidad de este Congreso -acota Gálvez- tienen indignada a mucha gente. Acusasele de ausencia del sentido del deber. Los mejores proyectos se amojosan en las comisiones. La magnífica Ley del Trabajo que le envía Yrigoyen no llega al recinto, en donde, sin embargo, se discute, con morbosa minuciosidad, el más insignificante fraude electoral cometido en un perdido pueblito de la República”.

El “Klan” 

Una mañana de agosto se celebra un funeral por las víctimas de un accidente ocurrido en el Riachuelo. La multitud, al salir del templo grita: “Yrigoyen, Yrigoyen”. Pero ya no es el pueblo, son muchachos de comités enviados por el “Klan” (Legión Radical de Acción). Es una organización que pretende armar artificialmente la “admiración” por Yrigoyen y que más adelante organizará caravanas urbanas para recorrer las calles de Buenos Aires.
En la segunda caravana, en la esquina de Maipú y Corrientes, la oposición logra tener su propia y primera víctima. Al paso de la muchachada radical, un hombre, revolver en mano, injuria a los manifestantes. Los primeros vehículos pasan a su lado sin responder hasta que un muchacho se descuelga de un camión y lo enfrenta. Los dos quedan heridos y al otro día La Nación y otros diarios opositores dicen que el agresor fue víctima de la “mazorca peludista”.

Mientras tanto, conservadores, socialistas independientes, radicales antipersonalistas realizaban actos públicos de repudio al gobierno nacional en varias ciudades del país, entre ellas Capital Federal, La Plata y Córdoba. Los antipersonalistas invitaban a cerrar filas en contra del “nuevo Rosas” y las calles de Buenos Aires estaban convulsionadas por la denominada “revolución nacional”. Así estaba el clima político cuando llega el 6 de septiembre de 1930.

Revolución!

Pero nada mejor para palpar aquel día que seguir a Gálvez. “Ha amanecido el 6 de septiembre. Se espera algo sensacional. Los empleados van a su trabajo. En cada balcón hay dos o tres cabezas que miran hacia abajo. Las calles están llenas de gente. En las puertas y las esquinas los hombres conversan. Hay cierto temor. Y a las nueve ‘Crítica’ publica en sus pizarras: Se ha sublevado Campo de Mayo al mando del general Uriburu. Estallan las bombas que anuncian el motín. Suenen las sirenas de los otros diarios. Revolución!
Cuarenta años hemos vivido en paz, y la noticia produce escalofríos de emoción. La gente se abraza y se felicita sin conocerse. Hay lágrimas en millares de ojos. Los estudiantes abandonan las aulas”.

Aquí en Salta, el diario El Intransigente (radical antipersonalista) al conocer la noticia, lanza 300 bombas de estruendo para anunciar la revolución y al otro día, con título catástrofe, dice en tapa: Por fin cayó el gobierno de ludibrio y de vergüenza.

En Buenos Aires, los allegados de Yrigoyen no saben cómo darle la noticia. “Temen, acaso, que ella pueda causarle la muerte. Pero es preciso que lo sepa, y alguien con muchas precauciones, restando importancia al suceso, se lo refiere. Él no cree, no puede ni quiere creer”. Pero la noticia de la sublevación de algunas tropas y de la entrada a la ciudad lo abate por completo. Los allegados creen que allí en su casa peligra su vida y buscan un refugio. Se piensa en un buque de guerra, en los alrededores de Buenos Aires, en la embajada de Chile. Su decaimiento se agrava por minutos. Es preciso llamar un médico. El corazón está débil. El médico le da una inyección. Son las cuatro de la tarde.
 

Un desfile militar para derribar un gobierno

Las tropas sublevadas vienen llegando al centro de la ciudad. A su paso, grupos de civiles las vitorean cuando ingresan a la avenida Rivadavia, desde las ventanas del Congreso Nacional y de la vieja Confitería del Molino. Y así, lo que iba a ser para el general Félix Uriburu un desfile militar para derribar un gobierno débil, al final tuvo tintes trágicos.

Y el biógrafo de don Hipólito agrega y se pregunta con razón: “¿Dónde están los radicales, esa enorme masa que el 12 de octubre de 1928 vitoreaba a Yrigoyen? Muchos están escondidos en sus casas. Otros contemplan con frialdad el paso de las tropas. Algunos forman parte de las columnas. Y unos cuantos, ocultos en diversos balcones y azoteas de la calle Callao, están prontos para hacer fuego contra el Ejército. Y así lo hacen. En dos o tres puntos, los jóvenes cadetes y conscriptos que marchan entre flores y vítores son fusilados desde arriba. Pero el ataque grave se produce en la plaza del Congreso. Sujetos del ‘Klan’ , trasconejados (escondidos), hacen fuego con ametralladoras. La artillería sublevada dispara contra ellos cañonazos. El intento del ‘Klan’ ha sido matar a Uriburu. Hay quince muertos y cerca de doscientos heridos. Yrigoyen nada sabe de este atentado tan inicuo como inútil”.

“Ya está -dice Gálvez- en la Casa Rosada el general José F. Uriburu, presidente provisional de la República. El Vice es obligado a renunciar. En la plaza el pueblo delirante de entusiasmo, exige que sean iluminados los edificios públicos, y así se hace. Queman retratos de Yrigoyen, del hombre hasta hace poco amado por el pueblo. Cantan el Himno Nacional. 
Y ahora, mientras turbas revolucionarias saquean e incendian el diario en done tantas alabanzas se le dijeron, surge en ellas la idea de incendiar y saquear su modesta casa, lo que sucederá horas después. En tanto, Hipólito Yrigoyen, allá va, en aquel atardecer doloroso, hacia la ciudad de La Plata”.
“Uno de sus fieles (amigo), que lo ha encontrado casi solo, arranca en un automóvil de los tremendos peligros que allí corre su vida, sin esperar la repuesta de la Embajada de Chile. En dos automóviles se reparte la escasa comitiva. Al presidente, en el último viaje lo lleva su fiel amigo Vicente Scarlatto, su vecino. Don Hipólito está abatido, enfermo, tristísimo, pero no se queja. Ni una palabra contra el general revolucionario, ni contra el partido que lo ha abandonado en la hora trágica de su vida, ni contra el pueblo de Buenos Aires. Allá va en el doloroso atardecer el pobre viejo, ignorando la magnitud de su desgracia.
Abandonado por el pueblo ingrato, por el partido, más ingrato aún, allá va hacia La Plata, huyendo, Hipólito Yrigoyen”, relata Gálvez.

El final

Y en esa gran ciudad que el automóvil de don Hipólito va dejando atrás, todos se alegran, festejan su derrota. Se bebe champaña y también se proyectan fiestas. 
Ha anochecido cuando los coches se detienen en La Plata frente a la residencia del gobernador, don Nario Crovetto, que es también la Casa de Gobierno. Es el fin.

Después vendrá la prisión en los buques Belgrano y Buenos Aires hasta mejorar su salud. 
Y cuando eso ocurre su destino será la isla Martín García. Allí, hasta que Uriburu lo indulta, el 19 de febrero de 1932.
 

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