Qatar, en el ojo  de la tormenta  del mundo

La noticia parece menor pero su significación geopolítica puede resultar mayúscula.

En una sugestiva coincidencia con el cambio de gobierno en Estados Unidos, las monarquías petroleras del golfo Pérsico (Arabia Saudita, Kuwait, Bahréin, Omán y Emiratos Árabes Unidos) sellaron su reconciliación con Qatar, el "hermano díscolo", al que en junio de 2017 habían sancionado con un bloqueo económico, acusándolo de complicidad con el expansionismo regional de Irán.

De esta forma, Qatar vuelve a integrar el Consejo de Cooperación del Golfo, el selecto club de los países ricos del mundo árabe, sin alterar los sólidos lazos económicos que lo unen con sus vecinos iraníes.

La incógnita es si ese reacomodamiento puede constituir el punto de partida para un nuevo "modus vivendi" entre los jeques petroleros, que en la práctica encabezan a la mayoría sunita de la población de los países árabes y el régimen chiita de Teherán, que mediante su alianza con el gobierno sirio de Bashar al-Ássad, fortalecida con protagonismo en la guerra contra el Estado Islámico y su influencia sobre sus correligionarios en Irak y el Líbano logró construir un corredor geográfico que le permitió establecer bases militares en las mismísimas fronteras con Israel.

El pequeño gigante

Qatar es una pieza central en este gran juego estratégico. Su emir, Tamim bin Hamad al-Thani, heredero de una dinastía que gobierna ese ex protectorado británico desde mediados del siglo XIX, actúa con singular maestría política para tratar de convertir su debilidad en fortaleza.

Encerrado entre Arabia Saudita, su única frontera terrestre, y el golfo Pérsico, que lo une y separa de Irán, tiene un pequeño territorio de apenas 11.571 kilómetros cuadrados, y una población de 2.782.000 habitantes.

Sin embargo, esos datos distan de reflejar su verdadera relevancia geopolítica. Por su ingreso por habitante es el segundo país más rico del mundo. Es también el principal exportador global de gas licuado y su subsuelo contiene las terceras reservas gasíferas del planeta.

Esa sobreabundancia de recursos, volcados en la constitución de múltiples "fondos soberanos", se refleja en cuantiosas inversiones repartidas entre la economía doméstica y una amplia cartera diversificada en los cinco continentes.

Los qataríes son accionistas importantes de empresas multinacionales como la alemana Volkswagen y la petrolera estatal rusa Rosneft.

Son también los cuartos inversores inmobiliarios en Estados Unidos, al tiempo que ocupan un lugar creciente en el mundo financiero de la City londinense. Una muestra de esa proyección global fue la compra por Qatar Petroleum del 30% de las firmas subsidiarias de la compañía estadounidense Exxon, que participan en la explotación de los yacimientos neuquinos de Vaca Muerta.

Ese capital acumulado desde el boom petrolero de mediados de la década del 70, otorgó a Qatar, que este año celebra el 50´ aniversario de su independencia, proclamada en 1971, una base de sustentación suficiente para desarrollar una activa política regional, independiente de Arabia Saudita y sus demás "parientes ricos" del golfo Pérsico.

Ese protagonismo no obedece a un mero capricho: Qatar comparte con Irán la explotación del mayor yacimiento de gas del mundo, situado en un litoral marítimo común de 250 kilómetros de extensión.

El Mundial y después

Esa condición de obligado socio comercial de los iraníes tiene obvias implicancias políticas.

Los qataríes rehúyen participar de la estrategia de confrontación con Irán promovida por Arabia Saudita y las demás monarquías petroleras, que avanzan hacia una alianza defensiva con Israel para frenar la expansión del fundamentalismo chiita en Medio Oriente.

Qatar quedó entonces, como ocurría con Berlín durante la guerra fría, expuesta a convertir su territorio en teatro de operaciones de una monumental confrontación bélica, en este caso entre una coalición árabe-israelí y el régimen chiíta iraní.

Sin embargo, ese condicionamiento no los transforma en aliados de Irán. Muy por el contrario, perciben el riesgo de un zarpazo militar iraní, similar al que en 1990 empleó el Irak de Saddam Hussein para anexar Kuwait y provocó la primera guerra del Golfo. Por eso mantienen también una relación especial con Washington. Ese pragmatismo hace que Qatar albergue la mayor base militar estadounidense en la región. Asociados económicamente a Irán y militarmente a Estados Unidos, el gobierno de Doha está obligado a un permanente ejercicio de acrobacia diplomática, siempre al borde del abismo.

Esa vulnerabilidad estratégica está agravada por el hecho de que, por su peculiar estructura demográfica, el emirato carece de capacidad defensiva propia.

Solo una ínfima parte de su población de 2.782.000 habitantes es de origen nativo, susceptible de ser reclutado por las Fuerzas Armadas. La inmensa mayoría restante son extranjeros de las más diversas nacionalidades, que constituyen prácticamente la totalidad de la mano de obra local. Su poder militar depende de su sistema de alianzas.

En toda circunstancia, hacia adentro y hacia afuera, la política qatarí tiende a garantizar la supervivencia de su diminuto Estado.

Hacia adentro, lógicamente obsesionado por la necesidad de preservar la seguridad interior ante eventuales embates desestabilizadores de sus vecinos, ya sea sauditas o iraníes, el emirato tiende a complacer hasta el exceso las demandas de la población local.

 Qatar es el único país del mundo cuyos ciudadanos no pagan impuestos. Los servicios públicos, la educación y la salud son gratuitos para los nativos. 
Si bien el régimen es inequívocamente autocrático y no está autorizada la existencia de partidos políticos, tiene un Consejo Consultivo de 45 miembros, de los que treinta son electos por el voto popular y quince seleccionados por el monarca. Hay también elecciones para autoridades municipales en las que está habilitado el voto femenino.

Softpower 

Hacia afuera, Qatar apunta a acrecentar su “softpower” (poder blando). La cadena de televisión estatal Al Jazeera, fundada en 1996 y erigida en un equivalente de la CNN del mundo árabe, tiene alcance global. Qatar Airways (también estatal) es hoy la línea área mejor considerada del mundo.
 Igualmente relevante es su presencia en el medio futbolístico a través del patrocinio de clubes de primera línea, como Barcelona. En ese sentido, su mayor logro fue haberse convertido en la sede del campeonato mundial de 2022, una decisión que desencadenó un escándalo jurídico internacional que volteó a la conducción de la FIFA, pero permitirá que el nombre del país sea conocido el año próximo hasta en los más recónditos rincones del planeta, un objetivo que justifica los 65.000 millones de dólares en inversiones destinados a la construcción de la lujosa infraestructura erigida para la realización del evento. 
Qatar supera ahora las peripecias del bloqueo económico de sus vecinos árabes sin acceder a ninguna de las exigencias que le fueron planteadas hace tres años por el Consejo de Cooperación del Golfo, que pretendía un distanciamiento con Irán. Detrás de esta victoria diplomática, cabe presumir también que Arabia Saudita y sus socios intuyen que el acceso de Joe Biden a la Casa Blanca puede presagiar una reanudación de las negociaciones entre Washington y Teherán, desarrolladas durante la administración de Barack Obama y abruptamente interrumpidas durante el gobierno de Donald Trump. 

* Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico     

 

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