Vencedores, vencidos

Política es tener claro lo que se quiere hacer con una sociedad desde el Estado. En un país presidencialista, esa visión es responsabilidad principal del Poder Ejecutivo a través de dos herramientas normativas: proyectos de ley enviados al Congreso y decretos.

La agenda política se funda así en una lectura de síntomas y una ideología; una interpretación del futuro asentada en creencias sobre cómo debiera moldearse la realidad.

Casi a la mitad del mandato, es oportuno un balance que referencie aquellos dos dispositivos de manifestación política y transformación. Proyectos de ley: expropiación de Vicentín, impuesto a la riqueza, reforma de la Justicia, y es casi todo.

Decretos: la columna vertebral es la serie que ha dado lugar al "autoritarismo regulatorio" justificado en la pandemia; congelamiento general de tarifas, beneficios a los sindicatos tradicionales, documento no binario, y es casi todo.

Hasta acá, uno de los escenarios más desafiantes ha sido enfrentado con un pobrismo normativo supino.

Va quedando en evidencia una lectura desacertada de los síntomas, un conjunto de ideas distorsionantes que ya alcanzan grados de cinismo por sus contradicciones intrínsecas ("saben muy bien lo que hacen, pero aún así, lo hacen" diría el pensador Peter Sloterdijk), y una única salida para disimular su incapacidad: excavar en una arbitraria interpretación del pasado.

Un ejemplo para graficar: la energía. El mundo central ha puesto un plazo para descarbonizarse y mutar a la energía limpia. El dato más reciente es el decreto de Estados Unidos, que fija un plazo y condiciones, pero es la línea que siguen la Unión Europea, tarifas bajo el esquema "carbon border adjustment mechanism" (mecanismo de ajuste de la frontera de carbono) y con suerte China.

Todos se adaptan: automotrices que viran a los vehículos eléctricos; petroleras que se reconvierten ante lo inevitable; empresas de baterías de litios en expansión (la batería es el 50% del valor de un auto eléctrico).

Nuestra respuesta: con uno de los reservorios más grandes de litio, proyecto para nacionalizarlo; con uno de los reservorios de gas y petróleo no convencionales más importantes, nada para incentivar la explotación, salvo mayores costos (laborales más tarifas fijas).

Nuestro Estado se aletarga y acota a tres funciones tan básicas como incompletas: un gran comedor para los cada vez más necesitados; un gran vacunatorio, fallido, por donde se lo mire; y un gran recaudador de impuestos; lo único eficaz, aunque no tanto como la fuga al exterior ante el hartazgo de una satrapía persa. A eso se reduce y parece ser todo.

Hay dos formas de entender el arte de hacer política.

Aquel oriental, típico de los regímenes totalitarios, llamado "pastoral", donde un líder visionario guía al rebaño con sapiencia (obediencia pura); y otro de origen griego, descripto por Platón como el del "tejedor", que busca unir el complejo entramado que es la realidad (persuasión y respeto a la ley).

En nuestro caso ni uno ni otro: hablando mucho, haciendo poco y arriando banderas ideológicas cada vez más desenergizadas.

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