De dragones y cedrones

 I) El juego de té con dibujos de dragones pintados a mano en Japón, según reza la parte inferior de cada pieza, pertenece a mi amiga Nora desde hace unos años. Antes fue de su madre y antes de su abuela, que lo recibió de regalo de casamiento. 
Sobrevivió sin uso a mudanzas de la abuela y de la madre de Nora, así como a mudanzas de su nueva heredera, y hoy, vamos a estrenarlo. 
Desde principios del siglo pasado viene cambiando de caja y de casa. Viajó envuelto en papel y tela para no romperse. Silencioso, ve pasar generaciones tras la vitrina.

Si habrá visto cosas! Momentos de amores y desamores. Noticias de las buenas y de las otras. 

Habrá visto tantas historias!. A veces repetidas, pero con protagonistas diferentes. A veces nuevas, disruptivas y poderosas. De la década infame a la democracia, y a la dictadura otra vez, una guerra sin sentido y nuevamente la democracia. Un estado asistencialista, otro liberal, trocando períodos, dándose paso uno al otro como en un círculo. De los populares a los amantes de lo foráneo, de los hombres a los hombres y en medio alguna mujer. 
Nora vuelca el agua caliente en la tetera y yo temo que la sed de casi un siglo se la beba toda, que los dragones se liberen, que las manos de los artistas que pintaron esas estampas sientan un calor lejano en los huesos (ahora) molidos por el tiempo.

Los aromas a papaya, frutos rojos y cítricos salen por el pico de la tetera y comprendo que algo nos han dejado para saborear de ese té frutal. 
Demoro el líquido en la taza para que disfrute ella la humedad del agua, antes que yo el sabor a las frutas.

II) Salimos al patio, ya es de noche, una rama roza mi cabeza y como purpurina de olores se derrama un aroma alimonado. Es cedrón lo sé. Lo reconozco desde la primera vez que sentí el aroma en la casa de mi abuela. Un perfume fresco que derramaba un árbol añejo cerca del aljibe que ya no se usaba. Por eso es mi preferido, por la fragancia joven y fresca que son capaces de dar sus ramas retorcidas y su tronco viejo.

Cortamos algunas hojas. Las traigo a casa dentro de la cartera. Inundan de olor a patio el 5b hasta Mitre y Entre Ríos y luego me sigue un halo alimonado hasta llegar a casa. Por eso, aunque ya es de noche acorto mi camino por la diagonal de la vía. Siento una luz, una fuerza que me acompaña y me protege. Son diez metros atravesando el baldío o doscientos si giro la manzana. Ya quiero llegar, sacar del bolso esas hojas, ponerlas a lavar, secar y enfrascar; para qué mentir como lo hacía mi abuela y su mamá, y supongo que, en la lejana Italia, en las tierras de Piamonte también lo harían las otras mujeres entre mis antepasados.

 III) Estrenar un juego de té demorado tantos años. Repetir el ritual de las aromáticas para disfrutarlas cuando el invierno seque sus hojas. No somos cabos sueltos. Somos parte de una trama, nudos en una tela, pequeños puntos entrelazados de manera apenas azarosa. Unas vidas simples y llenas de sentido en un universo dentro de un universo mayor.

 
 

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