La inflación avanza sobre una sociedad desconcertada

La inflación volvió a ganar la batalla, un resultado que se repite en la Argentina desde hace casi ocho décadas.

El índice de precios al consumidor de julio fue del 7,4%, según el Indec y ya acumula en el año 46,2%. Comparado con julio de 2021, indica un encarecimiento del costo de vida de 71%. El panorama hasta fin de año en pesimista, porque el "núcleo duro" de la inflación, que abarca el 70% de los productos, lleva cinco meses de crecimiento sostenido de 6%. Por esa razón, las proyecciones coinciden en pronosticar una inflación de entre el 90 y el 100% para 2022. Un triste récord, comparable a los últimos meses de hiperinflación, antes de la puesta en marcha del Plan Convertibilidad de 1991.

La sociedad se muestra abrumada, escéptica y desconcertada frente a un flagelo que destruye la calidad de vida y, también, las expectativas. Como agravante, los miembros de las elites políticas tanto del oficialista Frente de Todos como del opositor Juntos por el Cambio se muestran más preocupados por la suerte judicial y electoral de sus figuras más notorias que por los problemas de toda la sociedad originados en un quiebre macroeconómico que tiende a ser catastrófico.

No hay lugar para especulaciones. Responsabilizar a los empresarios o a los "golpes de mercado", como suelen hacer los gobiernos, es maquillar la realidad. El verdadero formador de precios es el Estado, porque las políticas económicas, a través de los distintos gobiernos, se mantienen constantes en cuestiones esenciales. Los dirigentes políticos, empresarios y gremiales, y los intelectuales deben asumir que nuestra inflación es de las más profundas y prolongadas del mundo.

El gasto público por encima de los ingresos, una canasta incontrolable de impuestos nacionales y provinciales y de tasas municipales, el reemplazo del financiamiento genuino por la emisión monetaria y el endeudamiento interno generan déficit, caída de la inversión productiva e inflación. Así, como país, retrocedemos día a día en comparación con nuestros vecinos y quedamos a una distancia insalvable con respecto a los desarrollados.

La desorientación que exhiben hoy el presidente Alberto Fernández y el ministro Sergio Massa, lo mismo que la breve gestión de Silvina Batakis y la conmocionante renuncia de Martín Guzmán integran otro capítulo de una historia argentina que ya a suena a "ciclo del eterno retorno".

La falta de definiciones concretas sobre metas a corto, mediano y largo plazo, y la demora en anunciar formalmente medidas imprescindibles en torno de las tarifas, la paridad cambiaria, las exportaciones y las importaciones diluyen las expectativas generadas por el nuevo ministro y agravan un escenario donde los problemas no admiten dilaciones.

El deterioro del valor del peso y la brecha cambiaria récord hacen que la búsqueda desesperada de dólares ocupe el lugar central de las preocupaciones oficiales, mientras que el secretario de Comercio, Matías Tombolini, insiste en las trilladas y fracasadas políticas de controles de precios.

El empobrecimiento generado por la inflación es la expresión, en definitiva, del fracaso de las políticas estatistas y proteccionistas que prevalecieron en el último medio siglo. El PBI per capita cayó desde 2011 cerca de un 20% en la Argentina. A su vez, los indicadores de pobreza de julio llegaban casi al 40% (unos 19.000.000 de personas).

Luego de casi cuatro décadas de democracia, es imprescindible observar con atención la realidad del mundo. El sistema democrático y la integración entre naciones en un clima de libertad y creatividad hicieron posible mejorar la calidad de vida de los pueblos a niveles desconocidos en la historia. La evolución de la economía global, la concentración del ingreso y los conflictos entre las potencias vienen derivando hacia una tendencia autoritaria, cuya máxima y más alarmante expresión la exhibe la invasión rusa a Ucrania.

Frente a ese escenario, nuestra fortaleza no estará en recluirnos, sino en vincularnos con el mundo con solidez institucional y con un proyecto sólido de desarrollo. Si nuestra dirigencia no abandona el ideologismo, el mesianismo y, sobre todo, las ambiciones individuales de corto plazo, correrá serio riesgo la estabilidad política de la Nación.

 

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