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Aunque la tormenta del miércoles por la tarde ya pasó, en Rosario de Lerma siguen emergiendo historias difíciles de creer. Relatos que exponen, una vez más, cómo la naturaleza encuentra a familias enteras desprotegidas, sin obras, sin respuestas y sin contención. Uno de esos casos es el de la familia Laureano, del barrio San Rafael, en la zona oeste de la ciudad, sobre calle Catamarca, donde el agua alcanzó casi 80 centímetros.
Daniel Laureano, albañil y padre de familia, jamás imaginó vivir una situación así. "Siempre se inundaba la calle, pero nunca entraba el agua a la casa", cuenta. Esta vez fue distinto: el agua se embolsó, avanzó con fuerza y no encontró salida. En minutos, el interior de la vivienda quedó bajo agua.
La desesperación fue total cuando la correntada alcanzó su auto, un Chevrolet Astra que compraron hace apenas un año y que utilizan para trabajar. "El agua estaba sobre el capó. Me lo arrastró como 50 metros. Si no lo atábamos con alambre, se lo llevaba", relató Daniel. El vehículo terminó completamente inundado, con el motor lleno de agua. "¿Quién me va a compensar esto? Nadie", dice, con resignación.
Daniel vive en esa cuadra desde chico. Asegura que el problema es histórico y que nunca hubo una solución de fondo. "Trajeron pavimento, palmeras, escombros… todo eso terminó viniendo para este lado. Nunca se dedicaron a esta calle", cuestiona. Para él y sus vecinos, los arreglos son "un juguete", parches que no evitan que cada tormenta vuelva a ser una amenaza.
La verdadera tragedia
Pero el drama de la familia Laureano no empezó con esta inundación. Vienen de una herida mucho más profunda. En noviembre de 2023, perdieron a Dante, su hijo de 20 años. El joven fue víctima de un brutal accidente cuando una camioneta Saveiro blanca, conducida por personas que salían de un boliche, circulaba a alta velocidad por el centro de Rosario de Lerma y chocó contra la motocicleta en la que se desplazaba. Dante sufrió un severo traumatismo de cráneo y permaneció internado menos de una semana, sin poder recuperarse.
El conductor huyó del lugar. Días después se comunicó con Daniel para pedir disculpas y recién entonces se entregó. A más de dos años y medio, la causa sigue sin juicio, profundizando la sensación de impunidad y abandono. En medio del dolor, Daniel tuvo la entereza de alzar la voz. En declaraciones a medios locales reclamó más controles, justicia y medidas concretas, incluso impulsando una campaña para restringir la venta de alcohol durante la noche, convencido de que muchas tragedias podrían evitarse.
Hoy, la familia Laureano vuelve a empezar desde el golpe. Primero fue la pérdida irreparable de un hijo. Ahora, la naturaleza y la falta de obras los vuelve a castigar, llevándose herramientas de trabajo, recuerdos y tranquilidad.