Desde otras columnas previas se mencionó el hecho de que la Argentina tiene una grieta ancestral que se expresa en una diferente lectura de lo que constituiría la verdadera idiosincrasia o el verdadero "ser nacional", con una concepción, por una parte, que surgió de una simbiosis entre la cultura española absolutista y la de los habitantes de la América precolombina acostumbrados a la sumisión a un cacique, y la otra Argentina que adoptó el credo liberal y se apoya en la trabajosa Constitución que recién pudo consumarse más de 40 años después de Mayo de 1810, con cruentos enfrentamientos entre propios y extraños, que por otra parte no concluyeron con la sanción de nuestra Constitución, proyectándose prácticamente hasta el relanzamiento de la frágil democracia actual, en 1983.

Estas dos concepciones han tenido diferentes nombres, desde unitarios y federales en el Siglo XIX, hasta "peronismo" y "no peronismo" en la actualidad, destacando, por una parte, que este último no se compone exclusivamente de partidos políticos sino que incluye a la prensa libre y numerosos ciudadanos de a pie, dispuestos a respetar y hacer respetar la Constitución.

Al mismo tiempo, el peronismo equivale al unitarismo de antaño, solo que acompañado de la concepción patriarcal y autoritaria del viejo federalismo, matizada en la fugaz tercera presidencia de Perón y la de Menem.

Por cierto, "brechas" hay en todas las sociedades. Sin embargo, en general en todas ellas hay importantes denominadores comunes entre las posiciones de las respectivas ideologías, traducidas en una política exterior única y un diseño de política económica que, con matices, ambas ideologías respetan, logrando así estabilidad y crecimiento con un razonable control de las fragilidades sociales, a la vez que el marco institucional no se pone en tela de juicio.

En la Argentina, por el contrario, el peronismo reciente tiene un explícito desapego por el marco constitucional, incumpliéndolo toda vez que puede, a la vez que deja la impresión de que las transgresiones que no acomete se deben más a la firmeza que se le opone para impedirlo que a su propio empeño.

Así, no es sorprendente que la Argentina, que había logrado con muchas dificultades emerger a la vida institucional encontrando puntos en común entre las antiguas divisiones de unitarios y federales, lo que le había permitido surgir desde prácticamente cero hasta alcanzar posiciones de privilegio en el concierto de las naciones, incomprensiblemente, a partir de los golpes de estado de 1930 y especialmente el de 1943, comenzó una progresiva decadencia que se tradujo en el despoblamiento del interior, la pérdida de su ferrocarril, del liderazgo de la industria genuina que se había conformado, de sus exportaciones y la degradación del importante estándar de vida de su población asociado a un bajo número de pobres, viéndose empujada al estado de decadencia y postración actual, pasando a liderar las naciones de peor performance económica y social de América.

Por cierto, no todos son perdedores con la Argentina trastrocada. Las corporaciones, tales como la sindical y las que representan a las actividades concentradas y la periferia que se beneficia con ella, no sufren las consecuencias e incluso se benefician del estado de cosas que perjudican al resto.

Para salir de la decadencia tan extrema de la Argentina, indudablemente el no-

peronismo debe conformar una clara mayoría y conseguir, por vía de logros contundentes tales como el abatimiento de la inflación, proyectarse hacia el otro extremo de la brecha, tendiendo puentes que convenzan a la mayoría de los argentinos que el único camino posible para "ponerle una bisagra" a la decadencia es el respeto irrestricto a la Constitución y en especial, a las libertades de comercio y prensa, la división de poderes y al derecho de propiedad.

 

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